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sábado, 14 de enero de 2017

Dulce Tragedia - Capítulo 2


Capítulo 2


Ambos corazones latieron con fuerza. Samanta no pudo evitar sonrojarse y Dominik lo notó, gesto que lo hizo sonreír ampliamente.
—Eres tú —masculló y sacudió su cabeza con fuerza—. ¿Trabajas aquí?
La chica asintió con la cabeza.
Dominik se acercó de nuevo a la barra y miró a ambos lados, por suerte no había clientes esperando por ser atendidos.
—No te preocupes —dijo ella—. No chocaré de nuevo contigo, así que no te asustes —soltó una leve carcajada—. Perdona por lo de ayer, enserio lo lamento —Sam atropellaba las palabras al hablar.
—No. Ni lo digas. Yo andaba distraído y… no te vi —él se encogió de hombros—. Estaba… —Dominik se calló al percatarse de lo que iba a decir.
«¿Estaba buscándote? ¿En serio, Dominik? ¿Podrías buscar otra manera de no sonar tan acosador?». La voz de su conciencia le habló.
Samanta frunció el entrecejo al ver que el hombre frente a ella hacía gestos raros con la cara.
»Emmm, yo… —balbuceó él.
—¡SAMMY!
Una voz hizo que Sam girará su rostro de golpe en dirección a quien la llamaba. Pudo ver a su jefe al otro lado del local, haciéndole más señas que un fiscal de tránsito. 
»Necesito que me eches una mano —dijo Gordon.
Samanta se giró hacia Dominik y sonrió.
—¿Sammy? —Dom repitió el nombre y no pudo evitar sonreír como idiota.
—Samanta. Mis amigos me dicen Sam, pero ni jefe me dice Sammy cuando está… —se giró y miró a Gordon de nuevo, quien llevaba un montón de cajas entre sus brazos—, estresado —agregó ella.
—Samanta es un nombre muy hermoso —susurró Dominik.
—Debo… —ella señaló hacia un lado.
—Si, por supuesto. Ve. Yo ya me iba, solo venía a… —él se calló de golpe a pensar en lo que iba a decir. Decirle que estaba allí, buscándola, sonaría muy raro, así que decidió mentir—, buscar un amigo.
Sam sintió algo de decepción, pero no lo demostró. En cuestión de segundos se había armado una novela en su cabeza. Imaginando que él estaba allí por ella. El príncipe azul que va en busca de la chica, ambos víctimas del destino. 
«Entrégale su iPod». Habló la voz de la conciencia de Dominik.
Él metió su mano en el bolsillo de su suéter y sujetó el aparatito. Pero hubo algo que le impidió devolvérselo a su dueña. Era como si al hacerlo se resignara a no verla nunca más y no quería despedirse de ella. Conservar el iPod sería la excusa perfecta para ir a verla de nuevo. Quería verla de nuevo, charlar con ella… conocerla.
Samanta asintió con la cabeza e hizo un mohín, agitó su mano y se retiró a ayudar a su jefe. Dominik se dio la vuelta y se alejó de allí, deseando poder quedarse, pero debía apresurase o llegaría tarde al entrenamiento. 
***** 

Aproximadamente al mediodía, Carlos se unió a la jornada laboral. Saludó a su amiga y continuó hacia el interior de la cafetería, pues Samanta estaba terminando de arreglar algunas cosas en el mostrador y él debía ir a ayudar a su jefe a organizar los productos que habían llegado en la mañana.
Gordon Harris tenía 32 años y había logrado ser uno de los gerentes más jóvenes de la cadena de Starbucks. Se había preparado muy bien para la gerencia en la Universidad del estado de Utah, al estudiar en la Escuela de Negocios. Aunque su objetivo era llegar a administrar algún restaurante de una afamada cadena, había sido Starbucks su primera opción disponible al llegar a Los Ángeles, donde se había estado sirviendo cafés, tés, merengadas y helados por casi 4 meses. Le tomó muy poco tiempo escalar posición y convertirse en el encargado del personal, algo así como es asistente del gerente. Él había sido el encargado de entrevistar a Sam y a Carlos el día que ambos decidieron presentarse para los puestos de atención al público. Dos meses más tarde, Donald Ramsey, el gerente y encargado del establecimiento, había sido despedido, al comprobarse que había estado maquillando los informes de contabilidad para robar unos miles de dólares. La vacante fue llenada de inmediato por Gordon, por orden de la directiva de la cadena.
Harris era un jefe espectacular, compresivo con sus empleados y muy considerado, siempre estaba dispuesto a ayudarlos. No actuaba como un jefe, sino como un amigo, de esos que tienen voz de mando y son líderes por naturaleza. Samanta y Carlos lo amaban, y era por esa razón que siempre trataban de ayudarlo en lo máximo posible, pues Gordon merecía la misma reciprocidad por parte de sus empleados.
Sam tuvo que almorzar sola en una de las mesas aledañas a la cafetería, pues su amigo acaba de entrar al turno. Ese día era una excepción, ya que ambos trabajaban en el mismo horario, pero debido a que había tenido que pedir permiso para salir más temprano el día anterior para ir a presentar su prueba, había llegado al acuerdo de que esas horas las pagaría al día siguiente, o sea, ese día.
Comió con toda la calma de mundo, pues no era como las otras chicas, que comían en 10 minutos y los otros 50 minutos de la hora de almuerzo la disponían para dar vueltas por el aeropuerto y ver guapos turistas ir y venir, como lo hacían Megan y Stacy, dos chicas que trabajaban el mismo turno que Carlos y Sam, pero solo de viernes a domingo. Eran pesadísimas y Samanta había estado a punto de sacarles los ojos un par de veces.
La tarde pasó lentamente. El resto del día fue aburrido y sin muchos clientes.
«Su rostro, su sonrisa…».
Sam se sorprendió a sí misma pensando en eso varias veces y le parecía muy tonto pensar en alguien que apenas había visto dos veces. 
—Dominik —dijo el nombre entre dientes y sonrió—. D-O-M-I-N-I-K —lo deletreó, burlándose de la forma odiosa en que él lo había deletreado en la mañana, para que ella no se equivocara al escribirlo. —Pero que mono es —continuó hablando.
—¿Hablando sola? —la voz de Carlos la hizo dar un brinco.
—¡Vaya! Por fin logro verte hoy —comentó Sam a modo de chiste, pues desde que su amigo había llegado había estado en el depósito con Gordon, arreglando la nueva mercancía.
—Salgamos al descanso —indicó él, extendiendo su mano hacia ella. Sam la sujeto y ambos salieron por la puerta trasera del lugar.
Se sentaron sobre unas cajas de madera. Carlos sacó un cigarrillo y lo encendió. Le dio una fumada y se lo pasó a su amiga.
—¿Qué tal la mañana? —preguntó él.
—Bastante normal, aunque —Sam botó el humo—, ¿te acuerdas del sujeto del que te hablé, con el que tropecé ayer?
—Sí. ¿Qué sucede con él? —Carlos sujetó el cigarrillo que le devolvió su amiga y le dio una larga fumada.
—Le he servido un Frappuccino esta mañana.
—¿Qué? ¿Pero qué dices? ¿Cómo rayos sabia donde trabajas? —Carlos abrió los ojos con asombro.
—No lo sabía. De hecho, tuve que hacer algo para que se diera cuenta de presencia —Samanta se encogió de hombros.
—¡Oh por Dios! ¿Qué hiciste? —Carlos la miró, frunciendo el entrecejo.
—Escribí algo en su vaso.
Carlos dio una fumada y soltó el aire de golpe.
—¿Qué rayos le escribiste?
—¿Has tropezado con alguien, hoy? Ya sabes, en relación a lo de ayer.
—¿Y que hizo él? 
—¡Nada! Se giró, me miró y sonrió, una sonrisa encantadora, por cierto…
—¡Basta! No quiero esos detalles —dijo Carlos, interrumpiéndola.
Lo cierto era que Carlos llevaba un par de semana sintiendo algo extraño por su amiga, a quien desde un principio había visto como eso, una amiga. No entendía que rayos le sucedía, tal vez era el hecho de que Samanta comenzaba a comportarse como una mujer de verdad y no como la niñita tonta que hacia todo lo que Alan O’Conell, (el estúpido ex de Samanta, quien no era más que un descerebrado abusivo), le ordenaba. Se sintió aliviado al recordar que su amiga se había librado de esa alimaña, que nada bueno le había aportado a su vida. Tenía problemas de drogas y de ira, ¿pero adivinen qué? Era sexi y tocaba en una banda de rock, además de que era Senior, en una época donde Sam era apenas Sophomore. No había nada más emocionante para una chica del segundo año, que salir con uno de los chicos más populares de la preparatoria.
—Noté algo inquietante en él —la voz de Sam lo hizo regresar al presente. Carlos sacudió su cabeza con fuerza y se concentró en la charla actual.
—¿Qué cosa?
—Parecía estarse escondiendo, llevaba un par de gafas de sol y un suéter de capucha. Me da la impresión de que no quería que lo reconocieran.
—Es lógico, por lo que me contaste ayer y todo el rollo de los fotógrafos… sin duda es una figura pública. ¿De verdad que no lo ubicas?
—No. Hoy tampoco pude verlo bien. Me da la impresión de que no es la primera vez que intenta pasar desapercibido…
—Y lo logra, pues a ti te ha dejado desconcertada.
—¿Sabes qué? También lo noté nervioso.
—Lo que no entiendo, era qué diablos hacia aquí.
—Me dijo que había venido a buscar a un amigo.
—Pues se me hace muy raro, yo que tú, me andaría con ojo, no vaya a ser que sea uno de esos acosadores raros que al final terminan asesinando a las mujeres que acechan.
Los dos amigos se echaron a reír.
—Chicos —la voz de Gordon, desde la puerta los hizo voltear a mirar—. La cafetería se ha llenado, ¿pueden echarme una mano? Megan y Stacy están abolladas. Pueden volver al descanso cuando haya mermado un poco la situación.
Carlos y Samanta se miraron y sonrieron. Por supuesto que ayudarían a Gordon, era lo menos que podían hacer por él.
***** 

Si había algo que le encantara a Dominik, era sentir el sudor corriendo por su frente y por su cuerpo, además de la sensación de sentir su corazón palpitando frenético.
Corría y corría, amaba hacerlo. Era el momento más especial del día, pues se conectaba con sus pensamientos, y esa tarde, justo esa tarde, no podía dejar de pensar en algo específico, o mejor dicho, en alguien.
«¿Pero qué coño es esto?», se preguntó mentalmente luego de su quinto intento fallido por dejar de pensar en Samanta. No podía entender cómo era posible que una chica que apenas había visto un par de veces lo tuviera tan intranquilo. Cerraba los ojos, y allí estaba ella, sonriéndole.
—Una vuelta más y terminamos por hoy. Vayan a descansar, chicos —dijo Ewald, alzando el tono de voz.
Habían transcurrido casi cuatro horas desde que había comenzado el entrenamiento y cada uno de los preparadores físicos habían cumplido con su papel, era el momento de cerrar el entrenamiento con unas cuantas vueltas al estadio. Era un día previo a un juego muy importante y el director técnico no quería exigirle mucho a sus muchachos, solo lo necesario para mantener sus músculos despiertos a atentos para el enfrentamiento del día siguiente.
Mientras uno a uno de sus compañeros iba parando y tomando sus termos de agua para hidratarse, Dominik decidió ignorar la indicación de su entrenador.
—Dominik, ya está bien. Vete a descansar —dijo el ex jugador de futbol, quien era ahora el encargado de preparar a la selección nacional.
—Aún me queda mucha energía, Ewald —dijo Dom en cuanto pasó corriendo por un lado del hombre de cabello cenizo y ojos azules expresivos.
—Pues, te recomiendo que guardes un poco e esa energía para mañana. Jugaremos contra Estados Unidos, y por más que sea, no debemos subestimarlos.
—Serán tres puntos que obtendremos fácilmente —gritó Dominik con suficiencia.
—Nunca subestimes a un rival, Dominik —le respondió Ewald, asomando una amplia sonrisa.
El capitán del equipo continúo corriendo por unos 10 minutos más. Sentía un poco de ansiedad por el inicio del campeonato mundial, y siempre le hacía ilusión usar la cinta de capitán en su brazo, llevaba usando durante los últimos 3 años. 
De repente, el rostro de cierta personita irrumpió en sus pensamientos, otra vez. Debía verla, hablar con ella… algo. Necesitaba saciar esa repentina necesidad que sentía por estar con Samanta. En cuestión de segundos, ideó un plan para escaparse del hotel sin ser visto e ir a entregarle el iPod a su dueña. «Sí, claro, el iPod», pensó y rio divertido. 
***** 

Por fin su turno había concluido y estaba súper agotada, los viernes eran abrumadores. Le hizo una seña a Carlos, indicándole que lo esperaría en el lugar donde guardaban sus bolsos y pertenencias, pero su amigo le indicó que no saldría.
—Horas extras —pudo leer en los labios de Carlos, quien la miraba apenado. 
Sam asintió y fue a buscar sus cosas, de regreso se acercó a su amigo.
—¿Hasta qué hora te quedarás? —le preguntó.
—No lo sé, Gordon me ha pedido que lo ayude y pues…
—Vale. Te esperaré.
—No es necesario, Sam.
Samanta miró su reloj y vio que eran casi las cinco de la tarde y recordó que ese día su hermana iría a cenar en casa de unos amigos, así que no tendría que llegar a preparar la cena.
—Teresa no irá a cenar en casa hoy, así que puedo esperarte un par de horas, así aprovecho para ponerme al día con mi lectura —dijo ella y agitó en lo alto su ejemplar de “Mil millas Nilo arriba” de Amelia B. Edwards.
Carlos sonrió y asintió.
—De acuerdo. Salgo a las 7. ¿Me esperaras?
Samanta le respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Se alejó de su lugar de trabajo y tomó asiento en unas bancas metálicas y se dispuso a leer un rato. Se adentró tanto en su lectura que sólo paraba por momentitos a tomar un sorbo de agua de su termo y continuaba leyendo. La historia la atrapó en cuestión de segundos, y sin darse cuenta, habían transcurrido casi tres horas cuando vio su reloj.
Se levantó de golpe de su butaca y miró en dirección de la cafetería, pero no había señales de Carlos, y se suponía que debía haber salido hacía 15 minutos. Sam se acercó un poco para averiguar por qué su amigo tardaba tanto en salir.
Al mirar con atención, notó que tenían más gente de lo normal a esa hora y estaban saturados en el servicio. Carlos miró a Sam con mucha preocupación es su rostro.  
—¡Lo siento! —pudo leer Sam en los labios de Carlos, quien se le acercó—. Terminaré de atender a estos clientes y saldré.
—¿Cuánto crees que tardes? —preguntó Samanta.
—Como una hora. Si quieres te vas, debes estar agotada de tanto esperarme.
—Te he esperado por casi tres horas, por esperarte una hora más, no creo que me muera —Sam tocó con ternura la mejilla de su amigo—. No me iré. Te esperaré, aunque sea para que vayamos a cenar. Hoy es viernes e invito yo.
Carlos sonrió y sintió que su corazón daba un brinco. De repente deseó poder abrazarla y darle un beso, de esos que roban el aliento, pero sacudió ese pensamiento de su cabeza. Samanta era su amiga, y nada más.
Sam se retiró para dejarlo que terminara su jornada. Se sentó nuevamente en la misma banca donde había estado hacia un momento, y quiso aislarse un rato del ruido que había en el aeropuerto, así que se dispuso a escuchar música. Buscó su iPod en su bolso, pero no lo encontró. Lo buscó con desespero, pero  no estaba, y se le hizo muy extraño, pues no lo había sacado desde el día anterior. Recordaba que lo había metido en el bolsillo de afuera, al llegar a la cafetería. Sin más remedio sacó su celular y se puso los audífonos, no le gustaba usarlo para ori música, pues la batería se descargaba en un santiamén y prefería tener el móvil dispuesto por si su hermana la llamaba, pero ese día hizo una excepción. Subió el volumen a todo lo que daba, para no escuchar nada más que la música. Cerró sus ojos y recostó su cabeza en el espaldar de la  banca. Lo reconoció, estaba agotada, no obstante no se iría sin su amigo.
Mientras tenía sus ojos cerrados y oía la música, pudo sentir que alguien se sentaba a su lado, pero no hizo el mínimo caso, permaneció en su aislamiento momentáneo. Percibió un aroma delicioso que le indicó que era un hombre. Abrió rápidamente sus ojos y no pudo creer lo que veía… era él.
***** 

Un chico rubio de ojos azules y hermosa sonrisa la miraba fijamente. Verlo tan cerca de ella hizo que se le acelerara el corazón. Con un movimiento raudo se quitó los audífonos de sus oídos. 
—Ho-hola —Sam tartamudeó.
¿Cómo describir lo que sentía Dominik en ese momento? Simplemente era indescriptible. Era una mezcla de ansiedad, con nerviosismo y excitación. Ansiedad por saber más acerca de esa chica, nerviosismo por miedo a que alguien lo reconociera y que en cuestión de segundos el aeropuerto estuviese plagado de fotógrafos de la prensa, y por último, excitación por estar haciendo aquello. Había logrado engañar a su publicista con la excusa de que se encerraría en su habitación a descansar y ver películas, cuando en verdad había escapado del hotel disfrazado de camarero. Una vez fuera del hotel se había puesto un suéter negro con capucha y un par de gafas de sol, que llevaba en una mochila improvisada. Aunque fuera de noche los lentes oscuros, siempre le servían para pasar desapercibido.
—Hola —respondió él con una sonrisa amplia—. ¿Qué escuchas? —preguntó él con notoria curiosidad, haciendo un gesto para tomar un auricular.
—Amm, pues algo de música clásica.
—¿A quién esperas? —lanzó otra pregunta, y se asemejó a un niño pequeño, de esos que hacen preguntas acerca de todo.
—A un amigo —Sam farfulló mientras miraba hacia la cafetería, tratando de evitar cualquier contacto visual con Dominik. Esos ojos azules la intimidaban.
En ese momento, Samanta se percató de que era la primera vez lograba verlo bien y detallarlo. Una vez más sintió esa sensación de familiaridad, sabía que había visto ese rostro en algún lado, pero no lograba ubicarlo.
—¿Te gustaría caminar un rato? —Preguntó él y Sam se giró hacia él, totalmente asombrada por la propuesta—. Mientras llega tu amigo —Samanta frunció el ceño, inconscientemente—. ¿o prefieres esperarlo aquí sentada? — inquirió él. Sam asintió con su cabeza y se levantó de la banca, aceptando la invitación. Le hizo un gesto a Dominik para que se levantara también de la banca. 
—¿Vamos? —lo apremió ella.
Dominik se quedó inmóvil, era como si su cuerpo y mente se hubieran desconectado. Tuvo que esforzarse mucho para levantarse del asiento. No entendía como rayos esa chica lograba hacerlo sentir como un neandertal sin raciocinio. Ella era como un imán que lo atraía sin ningún esfuerzo.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en Starbucks? —fue lo primero que se le vino a la mente a Dominik.
—Este lunes que viene cumpliré siete meses —respondió Samanta con total naturalidad.
Dominik caminaba manteniendo la cabeza gacha, no quería correr con el riesgo de que alguien lo reconociera.
—¿Y qué haces, además de trabajar en la cafetería? —Dom tuvo que girarse un poco para evitar la mirada de una turista que lo veía fijamente. «¡Mierda! Por favor, que no me reconozca», rogó en su interior.
—¿De quién te escondes? —Sam soltó la pregunta al notar el raro comportamiento del hombre. Él caminaba tratando de evitar ángulos en los que las cámaras de vigilancia del aeropuerto pudieran captarlos, además que caminaba cabizbajo, y con las manos en los bolsillos de su suéter.
—No. No me escondo de nadie. ¿Por qué dices eso? —Dominik levantó su mirada y volvió a ponerse sus lentes oscuros.
—Sí. Debajo de esa capucha y detrás de esas gafas de sol —puntualizó ella.
—La capucha es porque tengo un poco de frío y los lentes porque soy sensible a la luz —dijo él con total naturalidad. Dominik poseía el don de la palabra, era convincente hasta la medula, pero en Sam no tuvo ese efecto.
—No soy tonta, ¿Dominik? ¿Es así como te llamas, cierto? —Él asintió levemente con la cabeza—. Estas tratando de pasar desapercibido. ¿Por qué?
—¿En verdad no tienes ni idea de quién soy? —contestó Dominik con otra pregunta. 
Sin poder evitarlo se sintió un poco decepcionado. ¿Cómo era posible que esa mujer no supiera de él? Había estado apareciendo en los comerciales de Pepsi, Adidas, Rexona, Gillette y Ray-Ban, durante los últimos 3 años. Su rostro adornaba miles de vallas publicitarias alrededor del mundo entero.
—Pues con el disfraz puesto, no puedo reconocerte —se mofó ella.
Dominik se rio a carcajadas ante en apelativo que había usado ella. No podía negarlo, estaba disfrazado para que no lo reconocieran y al parecer lo había logrado con ella.
»Lo cierto es que eres un personaje público —agregó ella—, de lo contrario no estarías comportándote como una estrella de rock al salir de su propio concierto.
«Es lista, muy lista, sin ninguna duda», pensó él.
—Bueno, realmente la mayoría de mi público es masculino. Es muy raro que una chica se interese en lo que yo hago.
—¿Acaso eres actor porno? —Samanta se detuvo en el acto y recordó aquella noche en casa de Carlos, que visitaban perfiles al azar en Facebook, “buscándole” una chica a su amigo y que de repente un montón de ventanas emergentes se habían abierto, invitándolos a visitar páginas de contenido pornográfico. La curiosidad de su amigo lo había animado a clicar una y se habían metido en una página donde sin poder evitarlo habían estado viendo algunos videos. 
«Eso es. De allí es que se me hace conocido», pensó Samanta y sintió que los colores subían a su rostro.
Dominik rio a carcajadas ante tal ocurrencia, además por la cara de espanto de la mujer a su lado.
—No. No soy actor porno —aclaró de inmediato—. Además, según un estudio realizado recientemente, el 90% de las mujeres si se interesan, y mucho, por la pornografía. Agregado a esto, si fuera actor porno no podría decir que las mujeres no se interesan en lo que hago, pues a todo el mundo le gusta el sexo.
A Sam le pareció muy osado ese comentario, apenas llevaba unas horas conociendo ese sujeto y ya estaba hablando de sexo. Por otro lado, a Dominik le parecía de lo más trivial la conversación, pues siempre estaba acostumbrado a decir lo que pensaba y a importarle un comino como lo tomara el resto de la gente que lo rodeaba. Así era, sin filtro.
Samanta trago grueso y se vio obligada a carraspear su garganta antes de hablar.
—¿Entonces qué haces? —preguntó ella, con notable afán.
—Algo de deporte —contestó él, queriendo restarle importancia al asunto. No tenía deseos de ahondar en él. Quería saber de ella.
—¿Y además de trabajar, que más haces? —inquirió Dominik.
—Por ahora solo trabajo. En un par de semanas sabré si aprobé la prueba para UCLA o si mi sueño se hará realidad.
—¿Tu sueño? —él la miró con detenimiento.
—Desde que era muy niña, he soñado con estudiar en…
—¡Santo Dios! Hoy ha sido un día de locos —la voz de alguien, que llegaba repentinamente, interrumpió la conversación. Sam se giró hacia la voz y miró a su amigo—. Gordon tiene que viajar pasado mañana a Nueva York y me estaba dando las instrucciones para manejar la cafetería durante los tres días que estará afuera —continuó hablando Carlos.
—Dominik, él es Carlos, mi mejor amigo —dijo Sam de inmediato.
—Un placer —Dom extendió su mano hacia Carlos. 
Sin embargo, el recién llegado se quedó petrificado, sin emitir ni una palabra. Clavó su mirada sobre Dominik y sus ojos se fueron abriendo cada segundo un poco más.
—¿Carlos? ¿Te sucede algo —Samanta se sintió preocupada por la conducta de su amigo. Parecía que estuviera sufriendo un derrame cerebral.
Dominik lo supo, y maldijo mentalmente. Lo había reconocido. Sintió ganas de salir corriendo, pero se contuvo. Había regresado al aeropuerto con el objetivo de obtener al menos el número telefónico de Samanta, y no se iría sin tenerlo. Miró al sujeto que lo observaba con total excitación y sonrió con timidez, encogiéndose de hombros.
—Dominik “The Bullet” Weigand —balbuceó Carlos.
—¿Qué? —Sam se sintió confundida—. ¿Se conocen?
—¿Estás de broma, Sam? ¡Es La Bala! ¡Dominik Weigand! —Carlos levantó la voz sin querer y algunas personas que pasaban miraron en dirección a ellos.
—Por favor, baja la voz —solicitó el aludido.
—Hombre —el recién llegado se llevó las manos a la cabeza, sin terminar de creer lo que veían sus ojos.
—No entiendo nada —comentó Samanta, alternado la Mirada entre su amigo y Dominik.
—¡Oh vamos, Samanta! Mo me digas que no lo reconoces —dijo Carlos. Samanta miró con detenimiento al hombre que estaba a su lado—. Es Dominik Weigand, el jugador más valioso de la temporada, el más cotizado. ¡Es una jodida leyenda viviente! —Carlos agitó sus brazos en lo alto, dándole énfasis a sus palabras.
Dominik se sentía apenado y muy incómodo, pues no le gustaba ser el centro de atención.
—Creo que lo mejor será que me vaya —masculló Dominik—. Antes que alguien más me reconozca y esto esté plagado de corresponsales de prensa en cuestión de segundos.
Samanta sentía que las neuronas de su cerebro no hacían sinapsis, no lograba procesar tanta información, así de sopetón.
—Lo que hiciste en la final de la Champion… —Carlos siguió hablando, parecía un niño pequeño frente a uno de sus más grandes ídolos—, fue ASOMBROSO, como hiciste ese tiro y como lograste engañar al portero en ese penalti.
—Ha sido un placer verte, Samanta —dijo Dom con voz trémula—. Ha sido un placer conocerte, Carlos —lo miró a él, con notable incomodidad reflejada en sus ojos.
Samanta todavía estaba en shock, pero de repente, de su boca salieron unas palabras, una combinación de números.
Dominik frunció el ceño.
—¿Qué? —preguntó.
—Es mi número telefónico —ella lo miró a los ojos y no pudo evitar sonreír como tonta.
Le había parecido de lo más tierno, el hecho de que Dominik hubiese preferido mantenerse bajo perfil, ocultando su verdadera identidad. Muy habría podido abordarla diciendo quien era y engatusarla con la imagen del chico famoso, codiciado y deseaba por miles de mujeres, pero no lo había hecho. Y eso le encantó a ella, no quería perder el contacto con él. Es ese momento se aferró a la tonta posibilidad de que él la llamaría.
Dominik sacó su móvil de inmediato y anotó el número que Sam le había indicado, sintiéndose victorioso por haber logrado su cometido.
—Me tengo que ir, debo ir a descansar —dijo Dominik sin poder quitar sus ojos de la linda chica que lo miraba.
—Buenas noches —susurró ella.
Dom miró a Carlos y asintió con la cabeza.
—Hasta luego —dijo.
—Descansa hombre, mañana tienes que darlo todo. Machácalos —respondió Carlos.
Dominik sonrió ante el comentario, tomó una gran bocanada de aire, se giró y se encaminó hacia la salida del aeropuerto.
Sam lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista, un codazo le hizo poner los pies sobre la tierra.
—¿Lo que acaba de suceder fue real? 
Samanta no pudo contener la risa, su amigo era todo un personaje. Su pasión por el futbol era inmensa, y se lo había demostrado una vez más.
»¿Cuándo coño pensabas decirme que era Dominik Weigand con quien habías tropezado ayer? —continuó Carlos.
Samanta sacudió con fuerza su cabeza, obligándose a reaccionar.
—Me acabo de dar cuenta de eso ahorita —respondió ella.
—¡No me jodas, Sam! Su rostro adorna esa valla —Carlos apuntó con su dedo en dirección a un inmenso cartel que estaba en lo alto de la entrada de una tienda de artículos deportivos.
—¡Ya decía yo! Su cara me sonaba de algo —farfulló ella.
—Has visto toda la temporada de pre-eliminatorias del mundial, conmigo, sin mencionar la Champion League —Carlos estaba escandalizado.
—Corrección. Te acompañaba, mientras leía. Sabes que no me apasionan los deportes —contestó su amiga—. Discúlpame por no reconocer a un astro del futbol.
—¿Y que ha sido eso? —Carlos no pudo evitar sentirse algo, ¿celoso? Por la conducta de su amiga.
—¿De qué hablas? —Sam no entendió la pregunta.
—Les has escupido tu número telefónico como fueses la presentadora de la lotería.
Samanta rio a carcajadas por la analogía de su ocurrente amigo, y recordó que le había dado su número a él, y lo mejor de todo era que no se arrepentía de hacerlo. Era cierto que no lo conocía, pero moría de ganas por hacerlo.
—Vámonos de aquí —dijo Sam—. Muero de hambre, Busquemos un sitio donde comer.
Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el área de comida del aeropuerto.

***** 

Una mezcla de sentimientos se arremolinó en el pecho de Dominik mientras se acercaba a un grupo de taxis. Por primera vez en su vida se sentía impotente y con ganas de ser alguien más. Desea quedarse un rato más, charlar con Samanta, conocer más a Carlos, pues le había parecido un chico bastante agradable. En ese momento, deseó ser normal, como el resto de los transeúntes que caminaban por la calle, poder salir a dar un vuelta cuando le apeteciera, sin sentirse vigilado por miles de personas. 
—¿Necesita un taxi, caballero? —preguntó un hombre regordete de piel morena y frondosa barba. 
Dominik asintió con la cabeza, llevándose las manos a la cabeza para ajustar su capucha y luego asegurarse de tener bien puestas las gafas de sol. El taxista abrió rápidamente para que Dominik se subiera, y él lo hizo de inmediato, sin siquiera reparar en mirar al sujeto que se ofrecía a llevarlo a cambio de unos cuantos dólares.
»¿A dónde lo llevo, señor? —preguntó el dueño del taxi al subir al auto.
—Al JW Marriott —contestó Dominik, manteniendo la cabeza gacha para no arriesgarse que el sujeto lo reconociera al mirar por espejo retrovisor.
—Enseguida —indicó el conductor y puso el auto en marcha.
Fueron casi 50 minutos de camino, en los cuales la cabeza de Dominik era un completo caos. Los pensamientos lo abrumaban y no le permitían razonar con claridad, iban desde la sonrisa de Samanta hasta la última jugada que había entrenado para el partido del día de mañana. Trató de concentrarse en el juego que le tocaba jugar al día siguiente, pero era inútil, los ojos de Samanta irrumpían en sus pensamientos, impidiéndoselo.
El conductor miró un par de veces por el espejo retrovisor y en una ocasión había jurado que quien iba en el asiento de atrás era alguien que había visto antes. Su cerebro trató de hacer las conexiones necesarias para determinar de quien se trataba, pero abandonó sus intentos al ver como el pasajero se ponía una chaqueta que dejaba en evidencia que era empleado del hotel al cual había pedido que lo llevaran. Al fin de cuentas, el taxista pensó que se trataba de un parecido a alguna celebridad, con tal, la ciudad estaba llena de ellas.
El auto se detuvo frente a un imponente edificio, y a Dominik le tomó una par de segundos percatarse de que ya había llegado a su destino. Pagó lo que le solicito el taxista y bajó del coche sin perder tiempo. Rápidamente buscó en la mochila que llevaba, el resto del uniforme de camarero que había utilizado para salir. Con suerte lograría pasar entre el par de reporteros de Fox Sport que yacían en la entrada del hotel. Entró de prisa sin mirar a los lados, caminando veloz hacia el ascensor. Por suerte no había mucha gente en el lobby, así que la tarea se le hizo sencilla.
En cuanto estuvo frente al elevador, sacó su tarjeta de acceso VIP, pues el piso donde se alojaba había sido reservado exclusivamente para la selección alemana, la italiana y la francesa. Las demás se encontraban dispuestas en los siguientes niveles superiores. Así lo había solicitado la FIFA, ya que no querían que ninguno de los jugadores, entrenadores, directores técnicos y asistentes, fueran molestados por nada ni nadie.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron y la caja metálica comenzó a ascender, Dominik se deshizo de su “disfraz”, regresándolo al interior de la mochila que llevaba a cuestas, de la cual saco un pote de agua, con la cual se mojó la frente y parte de su camiseta, para simular sudor. En caso de que alguien lo viera llegando, mentiría diciendo que había ido a correr un rato.
Las puertas se abrieron y Dominik se asomó con cautela para cerciorarse que no hubiese nadie en el pasillo, y una vez verificado que no había moros en la costa, salió casi corriendo hacia la habitación que le habían asignado, deslizó su tarjeta por la ranura y la puerta se abrió.
Dominik dejó escapar un suspiro en cuanto estuvo dentro de su habitación y agradeció mentalmente el hecho de que nadie lo hubiese visto llegar. Encendió la luz y dio un salto al ver la silueta de un hombre sentado en el sofá que había a un lado de la ventana.
—¿Dónde estabas? —la voz de Friedrich hizo que todos los vellos de su cuerpo se erizaran.
—Ehhm… hola Friedrich, he salido a correr un rato —Dom titubeó.
—Llevo tres horas esperándote. Te llamé repetidas veces y no contestaste ninguna de mis llamadas —el hombre sonaba realmente molesto.
—Lo siento, debí haberme… distraído —se excusó Dominik.
—Ya veo… —Friedrich se puso de pie—. Descansa, mañana será un día muy largo. Sería una pena total que la copa se te escapara de las manos, luego de que has luchado tanto por llegar hasta ella.

***** 

Lo primero que hizo al salir de la habitación, fue soltar una gran bocanada de aire y cerrar sus ojos con fuerzas, para reprimir todas esas ganas, casi sobrehumanas, de gritárselo en la cara, decirle a Dominik todo lo que sentía.
No había sido cruel con sus palabras solo por ser, sólo quería que Dominik se sintiera un poco mal y así drenar un poco el malestar que sentía él mismo.
Friedrich se sintió miserable e impotente por no poder ser sincero consigo mismo y confesarle a su mejor amigo todo lo que sentía. Lo amaba desde que eran niños y había tenido que vivir a la sombra de una amistad que se debía conformar con un abrazo o un “bien hecho, amigo”. Era frustrante y estaba a punto de estallar, pero no se atrevía a dejarlo. Pensar en no verlo siquiera era algo que le aterraba, por lo tanto tendría que seguirse conformando con el cariño fraternal que le ofrecía el hombre por el que perdía el aliento.
«Falta poco, Friedrich», se dijo mentalmente para alentarse.
Había decidido que se lo contaría a Dominik después del mundial de futbol, y que sucediera lo que tenía que pasar. Si su amigo no sentía lo mismo, al menos habría sido valiente para decirlo, tan sólo esperaba que tal confesión no se llevara al garete la amistad que tenían. Ahora, si Dominik daba indicios de sentir algo más que una amistad, eso sería otra historia.
Friedrich guardaba un halo de esperanza, pues su amigo lo trataba de una manera muy especial. Además de que Dominik nunca se había mostrado interesado de verdad por una mujer, las pocas que habían pasado por su cama no habían pasado de ser “la novia del momento” o “el amor del verano”. Dom era muy cariñoso con sus compañeros de selección y eso lo había observado el publicista.
Sonrió al recordar su último cumpleaños y como Dominik le había obsequiado un fin de semana en las islas del caribe. E par de amigos se habían divertido de lo lindo nadando, comiendo mariscos y practicando windsurf. Friedrich había deseado más de una vez dormirse entre los brazos de Dominik o perderse en sus labios, pero no había intentado hacer un avance, por miedo al rechazo. Perderlo sería lo más horrible que le podría pasar, y de tan solo pensarlo le daba pánico.

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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Dulce Tragedia - Capítulo 1







 Sinopsis:

Samanta y Dominik cruzaran sus vidas de una manera bastante peculiar. Ambos son de mundos muy distintos, sin embargo eso no los limitará a la hora de amar.
Dominik “The Bullet” Weigand, astro del futbol. Es el jugador más cotizado de la temporada.
Samanta Andrade, una chica normal. Su único deseo es estudiar arqueología en una prestigiosa universidad del Medio Oriente.
Dos polos completamente opuestos que se complementaran, hasta que el mundo entero se empeñe en separarlos.
No obstante, hay vínculos que ni el tiempo ni la distancia pueden romper.
Cuando algo está destinado a suceder, sucederá.
¿Será eso cierto?

LANZAMIENTO OFICIAL
14/02/2017

SafeCreative

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Capítulo 1

Múnich, Alemania.

De todas las cosas que no le gustaba hacer, salir de la cama era una de ellas, pero debía hacerlo, pues la alarma del reloj era desesperante, We Are The Champions se había convertido en la canción que más odiaba en el mundo. Esa mañana, como todas, se arrepintió de haber seleccionado la melodía de Queen. Si había una forma de aborrecer una canción, era poniéndola de alarma para despertar. Pero vamos, que no todo era malo, al menos si despertaba de mal humor o con desanimo, la voz de Freddy Mercury le recordaba que era un campeón. 
Dominik Weigand con sus 24 años de edad, se había convertido en el jugador más cotizado de la temporada. Los críticos deportivos lo habían apodado como “The Bullet”, porque era imparable a la hora de marcar un gol. 
Aunque era toda una celebridad, él trataba de no actuar como tal —como si hacerlo fuese tarea fácil—. Debía rechazar invitaciones a fiestas salvajes y alocadas todo el tiempo, pues la manera en que había sido criado era muy diferente a la del resto de sus compañeros de selección. Desde muy pequeño, su padre le había enseñado el arte de la disciplina y desde que tenía 5 años de edad, el futbol se había convertido en su vida. Practicaba 8 horas diarias y había desarrollado una condición física envidiada por los mejores.
Ese día no sería diferente, su jornada no sería distinta a la que había tenido durante los últimos tres meses. El mundial estaba a la vuelta de la esquina y había incrementado sus horas de entrenamiento a 12 por día. Su entrenador le había dicho que debía tratar de relajarse un poco, pero Dominik no podía hacerlo. Ganar la copa del mundo, junto a la selección alemana, lo consagraría como uno de los mejores de la historia, compartiría el salón de la fama junto a grandiosos hombres, como lo eran Franz Beckenbauer, Jurgen Klinsman y Gerd Müller, a quienes admiraba desde que era un pequeñín con el sueño de jugar con la selección nacional. 
Con los seis títulos de club obtenidos con el FC BAYER MUNICH, destacando dos Champion League ganadas consecutivamente y una Eurocopa el mismo ese mismo año, lo único que hacía falta era levantar una Copa del Mundo. Sin duda, esa sería la guinda de su pastel. En unos diez años se jubilaría siendo una leyenda, el futbolista más joven de la historia en lograr esa tripleta. Eso era todo lo que quería. 
De acuerdo, salir de la cama era una proeza para Dominik, pero siempre lo lograba. En cuanto colocaba un pie sobre el suelo, era como si algo se activara dentro de él. Friedrich Treadaway, su publicista y amigo decía que si no hubiera sido porque había estado presente el día que Dominik se desvaneció durante uno de sus entrenamientos y que había presenciado como un paramédico introducía una agua en su brazo, a fin de inyectarle solución fisiológica, juraría de Weigand era un robot, pues a veces reaccionaba como una máquina, mecánico y metódico, aunque para nadie era un secreto que Dominik contaba con un autismo leve o lo que algunos llamaban Asperger, pero a él no le gustaba que usaran ese término con él, no después de ver que dicha condición había comenzado a tratarse como una moda y no como lo que era realmente.
Le habían diagnosticado dicha condición cuando tenía 12 años. El médico había puntualizado que él era un caso especial, pues normalmente, quienes tenían el síndrome no se interesaban en los deportes ni ninguna actividad que fuese grupal, pero hasta en eso era raro Dominik, siendo la excepción de la estadística.
Para Dominik era lamentable que muchas personas dijeran ser Asperger sólo porque eran gente muy arrogante, grosera y de muy mala actitud. Usaban la palabra “trastorno” como si de la palabra “genialidad” se tratara. Sin duda, Dominik creía firmemente que los trastornados eran quienes creían ser una edición limitada de Weizenbock y no eran más que una simple y común Heineken.
Terminó de vestirse y tomó su iPod. Antes de salir de su habitación, se miró al espejo, el conjunto deportivo que le había enviado Adidas era espectacular, de color negro con rayas azul neón. Agradeció una vez más al hombre que invento la tela supplex, era una delicia para entrenar.
El sonido de un par de silbidos, provenientes de sus auriculares, le indicó que su rutina diaria había comenzado. Una sesión de footing, mientras Engel de Rammstein sonaba a todo volumen, era ya una costumbre para él.
Corría a toda velocidad, a la vez que gotas de sudor caían por su frente y brazos. A medida que las endorfinas y la serotonina aumentaban en su cuerpo, su deseo por correr más y más también aumentaba. Amaba la sensación de sentir el viento en su cara y el corazón latiendo a mil por hora.
Habían transcurrido casi dos horas cuando decidió regresar a su casa.
Al llegar pudo notar que un coche negro estaba aparcado frente a la entrada. No tardó en darse cuenta que era el auto de su amigo Friedrich, quien se acercaba a él.
—Espero que lo tengas todo listo —comentó el recién llegado.
—Casi —fue la escueta respuesta de Dominik.
—¿Casi? —el hombre lo miró con el ceño fruncido—. El avión sale a las 4 en punto. Por lo que más quieras, trata de estar listo a tiempo.
—Siempre estoy listo a tiempo.
—¡No me digas! He tenido que llamar a Ewald, las últimas 5 veces, para que nos esperen.
—Ellos nunca se irían sin mí —dijo Dominik y abrió la puerta de la entrada.
Ewald Metzler era el director técnico de la selección alemana, además de ser uno de los pocos seres en el mundo que lograban tolerar a Dominik, pues era muy frecuente que Don, como le decían algunos compañeros, se comportara como toda una Diva, pero no era su culpa, su condición lo hacía muy susceptible al ruido, a cambios repentinos de clima y al contacto físico con otros compañeros, por lo tanto, nadie podía obligarlo a adaptarse al entorno, el entorno debía adaptarse a él.

*****

Faltando 20 minutos para las 4, Dominik aún se encontraba en su habitación. Miraba por la ventana y aunque parecía obnubilado con el paisaje, solo tenía cabeza para pensar en las nuevas estrategias que había ideado el director técnico. No estaba del todo convencido con algunos movimientos y se lo diría a Ewald apenas lo viera…
—¿Estás listo? —Friedrich se asomó por la puerta.
—No estoy de acuerdo con que Delch me haga la asistencia. Quiero ir a buscar el balón —soltó Dominik.
—¿De qué coño estás hablando?
—Me parece mejor idea que sea Brauer el recuperador. Me entiendo mejor con él.
Friedrich levantó una ceja al comprender que era lo que decía Dominik, una vez más, como de costumbre, estaba desestimando el trabajo de Ewald. Siempre lo hacía, pues nunca estaba del todo de acuerdo con el director.
—Díselo a Ewald cuando lo veas. Vámonos. Se nos hace tarde.
Ambos tomaron sus maletas y sin perder tiempo, se dirigieron al aeropuerto.
En el camino, ninguno de los dos habló. Dominik estaba ensimismado en sus pensamientos. Desde ya, había comenzado a enfocarse en su objetivo. La copa del mundo se estaría disputan durante el mes entrante. Estados Unidos sería la cede del campeonato y él no podía pensar en otra cosa: «Esa copa será mía». Friedrich lo conocía a la perfección y sabía que Dominik se ponía de muy mal humor si interrumpían sus pensamientos.
Como era de esperar, caras largas le dieron la bienvenida al interior del avión privado, exclusivo para la selección alemana de futbol.
Y como era de esperar, a Dominik no le importó, 30 minutos tarde no significaban el fin de mundo.
Dejó su bolso de mano en uno de los asientos, agitó su mano en el aire, saludando a sus compañeros de equipo y prosiguió a sentarse al lado de Ewald, lugar que ocupaba en todos los vuelos, durante los últimos dos años.
—Tarde. Como siempre —dijo el hombre de aproximadamente 50 años.
—Creo que es conveniente reestructurar la jugada de Delch y que sea Brauer quien me asista —dijo Dominik sin más.
Ewald lo miró, con total confusión.
—¿De qué hablas? —preguntó y le lanzó una mirada fugaz a Friedrich, quien había acompañado a Dominik en todos sus viajes durante el presente año, a petición de este último.
—Ha estado pensando en eso durante toda la tarde —contestó el publicista.
—Hablaremos de eso cuando lleguemos. Por ahora, relájate y descansa, necesitas todas las energías posibles —dijo Metzler, con ese típico tono paternal.
Desde la muerte del padre de Dominik, hacia 10 meses atrás, Ewald había adoptado ese rol, pues a pesar de que Dominik podía llegar a ser insoportable, algunas veces, eran un excelente ser humano y ni hablar de su dedicación par con la selección.
No era común que lo hiciera, pero Dominik le hizo caso. Se recostó y se puso cómodo para el largo viaje que le esperaba.
*****

Aeropuerto LAX, Los Ángeles, California.

Un par de ojos café, miraban con desespero el reloj, como si su poder mental fuera a hacer que los segundos pasaran más deprisa. Había decidido trabajar medio turno. Los viernes eran de bastante movimiento en Starbucks y se lo debía a Gordon, por haberla dejado irse temprano los últimos 4 días, pues había estado estudiando muy duro para presentar su Examen de Evaluación Académica, o mejor conocida como SAT por sus siglas en inglés (Scholastic Assessment Test). En un par de minutos tendría que salir corriendo de allí y subirse al primer taxi que encontrara para lograr llegar a tiempo a la universidad. Ese era su plan b. Había decidido aplicar para estudiar Arte y Arquitectura en UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) como segunda opción —y la más realista—, después de haber enviado una solicitud para estudiar Egiptología en la Universidad de El Cairo. Ella sabía lo difícil que era ser admitida en dicha universidad, por esa razón había decidido irse por lo seguro, aunque su verdadera pasión fuese la arqueología. Desde pequeña había soñado con explorar las pirámides y descubrir momias ancestrales, pero esas ilusiones habían quedado relegadas con el paso de los años. No obstante, no perdía nada con intentarlo.
En el aeropuerto era un día ajetreado, la gente iba y venía, caminaban apresurados por salir de allí. Lo típico del LAX de Los Ángeles. Ese día parecía haber más movimiento de lo normal y era de esperarse, pues en un par de días daría comienzo un evento que lograba reunir a millones de personas, todos con una misma pasión.
La copa mundial de fútbol se estaría disputando próximamente y Estados Unidos era la cede. Todo el mundo hablaba de eso. 
El Centro StubHub de Los Ángeles había sido el elegido para la ceremonia de apertura y partido inaugural, el cual estaba previsto que se diera entre Estados Unidos y Alemania.
Ella sabía todo eso por Carlos, su mejor amigo, quien era un fanático del deporte.
Carlos y ella eran muy buenos amigos desde hacía 4 años atrás. Samanta había llegado al país cuando su hermana mayor, Teresa, quien había obtenido la nacionalidad americana al casarse con un hombre norteamericano, había pedido a su hermana desde México, donde vivían los padres de ambas, luego de considerarlo, pues nunca había logrado tener hijos y se sentía muy sola después de que su marido muriera en Afganistán, en el frente de batalla.
 A Samanta le hizo mucha ilusión ir a vivir con su hermana, además de que las probabilidades de poder estudiar lo que ella tanto había soñado, eran más elevadas.
Sam y Carlos habían comenzado a interactuar en el noveno grado, al descubrir que ambos eran vecinos. Carlos vivía con su madre a tres casas de la casa de Teresa. Desde ese entonces eran inseparables, a tal punto, que siempre que buscaban empleo temporal, lo hacían juntos. Así fue como comenzaron a trabajar en el mismo lugar, hacia 5 meses.
Samanta, como siempre, no podía evitar escuchar a los clientes mientras servía sus cafés. Escuchaba como hablaban de lo que habían hecho en su último viaje de negocios, lo mucho que extrañaban a sus familiares y lo agotados que estaban después de largos viajes.
—¿Samanta? —la voz de su amigo la hizo girar—. Ya es hora. Debes irte o llegarás tarde.
Al ver el reloj, se dio cuenta que los minutos habían transcurrido con rapidez.
Se quitó su delantal e hizo una señal a Gordon, su jefe, para decirle que ya había llegado la hora de irse. El hombre asintió con la cabeza y articuló algo con los labios. Sam no lo escuchó, pero entendió a la perfección.
“Buena suerte”, había dicho él.
Tomó su bolso, recogió sus cosas y se despidió de algunos compañeros. Carlos le brindó una gran sonrisa y le dio un fuerte abrazo, agregando:
—¡Lo lograrás! —él creía ciegamente en su amiga.
—Gracias —dijo Sam y le devolvió el abrazo, con la misma intensidad.
*****

Finalmente, después de casi 13 horas, el vuelo proveniente desde el Aeropuerto Internacional de Múnich arribó sobre suelo americano y en cuestión de segundos, el comité de recibimiento de la FIFA se había desplegado por todo el lugar.
Dominik miró por la ventana y pudo apreciar la gran cantidad de personas que los esperaban, desde reporteros hasta fanáticos.
Uno a uno fue bajando del avión. Dom se quedó sentado en su asiento, esperando que todos bajaran, siempre lo hacía. Le gustaba ser el último en bajar, tanto del avión como del autobús.
A él no le gustaba caminar detrás de sus compañeros, pues sentía que era una oveja siguiendo el rebaño, así que siempre quedaba renegado del resto. Muchas veces, eso lo había ayudado a pasar desapercibido. 
Sacó su iPod del bolsillo de su chaqueta y se puso los auriculares, mientras le daba todo el volumen a Faint de Linkin Park. No podía evitarlo, amaba su música, la música que lo había marcado en la adolescencia. Se puso la capucha y continuó el camino.
Friedrich iba tan ajetreado cargando el bolso de Dominik y charlando con Ewald acerca de la nueva campaña Adidas y del hecho de que querían que Dominik fuera la imagen exclusiva de la misma, que por un momento se olvidó que tenía que estar pendiente de su amigo. Se detuvo en seco al darse cuenta que éste no caminaba a su lado, ni detrás de él.
—Mierda —dijo entre dientes.
—¿Qué sucede? —preguntó Ewald.
—Dominik —farfulló Friedrich.
El director técnico miró a ambos lados, buscando algún indicio de su jugador estrella, pero había tanta gente y luces de cámaras por doquier, que abandonó su intento de búsqueda enseguida.
—No te preocupes. Lo esperaremos en el bus.
El publicista tomó una gran bocanada de aire y miró al techo, rogando por el día en que Dominik se comportara como una persona normal.
A unos cuantos metros de distancia, un par de ojos azules observaban a su amigo. Dominik no pudo evitar reír ante la escena. No entendía como logaba sacar de sus casillas a Friedrich con tanta facilidad. A esas alturas, era para que ya estuviera acostumbrado, pues lo hacía siempre. Nunca le había gustado la atención mediática y siempre que podía, huía de ella.
Se giró de golpe, para proseguí su camino y salir del aeropuerto, pero no se percató de algo.
Alguien impactó contra él y cayó de bruces contra el suelo.
Dominik abrió los ojos al percatarse que se trataba de una mujer.
*****

Samanta cayó al suelo al impactar con... «¿Un poste?», pensó ella. Sin embargo tuvo que mirar de nuevo para cerciorarse. Se dio cuenta de que el motivo de su caída había sido un hombre, quien al parecer, media lo mismo que un poste. Era gigantesco.
Ella se había entretenido viendo a la multitud de personas que estaban aglomeradas en torno a la selección de futbol que acababa de llegar y se había estado burlando, mentalmente, de las chicas que daban saltitos y gritaban como posesas ante la presencia de un montón de hombres sudorosos, que de seguro la única neurona buena que les quedaba en el cerebro, solo les servía para diferenciar una proteína de una caloría.
—¡Oh! Lo siento mucho. ¿Estás bien? —preguntó el hombre. Había mucha preocupación en su voz. La voz del sujeto era tan masculina, que hizo que Sam se olvidara que estaba tendida en el suelo. Él extendió su mano para ayudarla a parar, preguntando de nuevo—, ¿Estás bien? ¡Lo siento! No te vi venir.
Ella agitó levemente su cabeza. 
—Estoy bien. Ha sido mi culpa, fui yo quien no se fijó por donde iba.
Una vez de pie ella bajó la mirada hacia el suelo y pudo ver algunas cosas desparramadas en el piso. Ambos se agacharon para recoger sus pertenencias.
Dominik no pudo evitar mirar a la chica con detenimiento, era preciosa.
—¿Sucede algo? —preguntó Samanta al notar que el desconocido la miraba fijamente.
—Eres muy linda —soltó Dominik sin más.
Sam abrió los ojos con asombro ante la osada confesión.
Don maldijo mentalmente esa sinceridad que lo caracterizaba, esa que le hacía decir todo lo que pensaba.
Samanta no pudo hacer caso omiso a lo que veían sus ojos. Aunque el hombre llevaba capucha y no podía detallarlo muy bien, pudo ver el azul intenso de los ojos de la persona frente a ella. Tenía rasgos muy varoniles y lo que más llamó su atención, era que tenía una boca carnosa, unos labios perfectos para besar. Al pensar en eso, no pudo evitar morderse el labio.
Dominik soltó una ligera carcajada ante el gesto de la chica, pues él sabía de sobra el efecto que causaba en las féminas.
Samanta agitó su cabeza con fuerza al darse cuenta que estaba fantaseando con un sujeto que ni siquiera conocía. Se irguió de golpe y él también lo hizo.
«¡Madre mía! Le llego al pecho», pensó ella al constatar que el hombre era altísimo. Miró nuevamente ese rostro y ese segundo vistazo le hizo notar cierta familiaridad. Era como si ya hubiese visto ese rostro en otra parte. «¿Pero, dónde?».
Normalmente, a Dominik no le gustaba que lo miraran mucho, pero esos hermosos ojos café que lo observaban, le trasmitían una paz absoluta. No tardó mucho en darse cuenta que la chica tendría unos escasos 20 años —o menos—, pues su apariencia era muy juvenil.
—Es él…
Una voz lejana la hizo espabilar.
—Allí está —una chica señaló en dirección a Samanta y Dominik.
Dominik soltó una palabrota en alemán, “mierda”, para ser más específicos.
Samanta frunció el ceño y se limitó a quedarse quieta, mientras el hombre parecía querer salir corriendo, pero no puedo, en cuestión de segundos, el sujeto estaba rodeado de mujeres y reporteros de la prensa.
«Pero, ¿qué coño?». Samanta no entendía nada.
Ella miraba con confusión todo lo que sucedía y no comprendía porque la gente se comportaba así. Gente tomaba fotos y más gente aparecía de la nada, aglomerándose alrededor de ese hombre. Él trataba a todos con amabilidad y bondad, a todos le daba autógrafos y se hacía fotos con cada uno. 
Poco a poco, Sam se fue alejando del lugar, a medida que llegaban las chicas, dando pasos lentos hacía atrás…
—Mis amigas jamás me van a creer que me tome una foto con él. Esto lo tiene que saber toda la escuela —dijo una muchacha que salía de entre el montón de personas aglomeradas.
«¡La prueba!».
Sam se echó a correr en dirección a la salida. Salió de prisa del aeropuerto, cogió un taxi y le indicó la dirección al taxista. Miró su reloj, solo faltaban 20 minutos para la hora del examen.
«Desearía que le salieran alas al coche», pensó ella mientras veía por la ventana del coche. Las cosas pasaban con rapidez ante sus ojos, su mente divagó recordando aquel rostro perfecto, esos hermosos ojos y aquella voz…
El auto se detuvo.
—Llegamos —dijo el hombre, extendiendo su brazo hacia ella—. Son 70.
—¿Qué? Pero si ha sido una carrera corta.
—Pague —insistió el hombre, agitando la mano con violencia.
Samanta farfulló un par de improperios, pero al final le dio el dinero al hombre. No tenía tiempo para perderlo discutiendo con un timador.
Pagó y salió de un brinco del taxi, para comenzar a correr nuevamente. 
Los pasillos eran largos y había mucha gente caminando en todas direcciones. Sam no podía dejar de mirar el reloj y repetir mentalmente: «Maldición. Es muy tarde». Pudo divisar la puerta del salón que le habían asignado y vio que la persona encargada de la prueba apenas llegaba, sacó fuerzas de Dios sabe dónde y corrió con toda rapidez para poder alcanzar a entrar antes que la puerta se cerrara. 
Casi sin aliento, logró entrar.
Por fin Samanta pudo respirar con tranquilidad, al sentarse en la mesa que le indicaron. Un par de indicaciones más y la prueba dio inicio.
A pesar de que Samanta estaba avocada en responder todas y cada una de las preguntas, por momentos no podía evitar pensar en ese hombre, quien en segundos había pasado de ser un completo misterio a ser alguien aclamado por toda esa gente.
«¿Quién era», la preguntó reverberó en su cabeza.
Tuvo que obligar su mente a enfocarse en lo que era principal, la prueba.
Aunque le costó un poco concentrarse, lo logró y contestó el test en su totalidad.
Casi dos horas después, el examen había concluido. 
*****

Sonreía. Lo hacía por mera cortesía, pues si algo había aprendido en los últimos 6 años de su vida, era a lidiar con grandes multitudes. Aunque nunca había aprendido a fingir. Eso iba en contra de lo que era, así que ese día no iba a ser la excepción. Quería largarse, salir de allí, subirse al autobús y alejarse de todos esos destellos y sonidos de cámaras que lo fotografiaban.
Poco a poco se fue alejando de toda esa gente, a la vez que algunos hombres de seguridad, designados por la FIFA, trataban de escoltarlo al exterior del lugar. Dominik contestaba con un sí o con un no, pero de manera esquiva, a todas y cada una de las preguntas que resonaban, las cuales iban desde: ¿Cómo te preparas para el juego?, hasta ¿Esa chica era tu novia? Esta última pregunta lo hizo agitar la cabeza y fruncir el ceño. «La chica», pensó. Movió su cabeza a ambos lados, buscándola, pero no la encontró. Era como si se hubiese evaporado. Contestó fuerte y claro con un “no” y continuó con su camino.
Escapar de los reporteros, paparazzi y fanáticos, casi siempre lo dejaba agotado, pero por suerte, siempre había un grupo de guardaespaldas, guardias de seguridad o policías, dispuestos a velar por su integridad física.
Logró llegar al autobús, luego de casi 15 minutos de caminar, parar, dar algunos autógrafos, tomarse algunas fotos con sus fans y esquivar preguntas odiosas de reporteros deportivos. Últimamente se habían dado a la tarea de criticar su actitud en el terreno de juego, pues Dominik se había mostrado un poco rebelde a la hora de acatar las estrategias de su director técnico.
Un sujeto con el ceño fruncido y los brazos cruzados a nivel del pecho, lo fulminó con la mirada. Dominik no pudo evitar soltar una carcajada ante el predecible comportamiento de Friedrich, quien a pesar de ser su amigo, siempre se tomaba más en serio su rol de publicista.
—¡Vaya! Al fin te has dignado a unírtenos —soltó Treadaway.
—No me toques las narices, Friedrich —Dominik se mostró hostil ante el reproche
—¿Qué no te toque las narices? ¿Pero, qué coño te pasa? 
—¡Hey! Cálmense los dos —intervino Ewald.
—¡Dom! Estas de nuevo en la tele —comentó Ahren Degener, portero de la selección, con algo de sorna.
—Y en internet —agregó Theobold Bartram, el defensor central.
Dominik clavó su mirada en la pantalla de plasma de 21 pulgadas que estaba desplegada en lo alto del pasillo del bus. Al parecer, la noticia que estaban comentando no tenía nada que ver con su carrera, sino con algo de lo cual no le gustaba hablar, y mucho menos le gustaba que los demás lo hicieran.
—¿Quién es la chica? ¿Eh? —su compañero Edmund Brauer sonó un tanto burlón.
—¡Muñequita! —fue el comentario de Héctor Rodríguez, quien sostenía un iPad entre sus manos, con su típico acento, haciendo notoria su ascendencia costarricense, 
Dominik se acercó al Carrilero del equipo, le quitó el iPad y miró la pantalla del mismo.
—Te lo tenías bien guardado, Weigand —bromeó su compañero, Derek Neisser.
—Cuéntanos como le hiciste para tener una novia al otro lado del mundo y que ninguno de nosotros lo supiéramos —el chiste de Rodríguez lo hizo reír.
Eso era lo bonito de ser un equipo, y más, ser ese equipo, pues no se limitaban a ser compañeros de trabajo, sino que eran una familia. Cada uno era un individuo distinto, pero a la vez, eran parte de un organismo que se mantenía vivo gracias a la camaradería. A pesar de que Dominik era el “consentido” de Ewald, al menos eso decían los comentaristas deportivos, ninguno de los integrantes de la selección se sentía desplazado,  ni mucho menos se dejaba llevar por la envidia. No. Si uno de ellos estaba mal, todos lo apoyaban, si uno de ellos era atacado, todos lo defendían, además de que Dominik, aunque era poseedor de un carácter fuerte, era un cielo con sus amigos. Su peculiar personalidad lo hacía especial para sus compañeros, él era como ese hermano menor al cual todos querían cuidar. Era ilógico que vincularan a Dominik con una mujer que apenas conocía, pues ellos sabían a la perfección que Weigand no era de ese tipo. Es más, sabían que él tenía casi dos años sin mantener una relación estable con alguien, pues estaba muy abocado en lograr todo lo que se había propuesto antes de cumplir los 30.
—¿Quién es ella? —preguntó Friedrich al ver las imágenes en la pantalla, las cuales mostraban a Dominik charlando con una chica.
—No lo sé —Don se encogió de hombros—. Una chica que se atravesó en mi camino. Literalmente.
Friedrich entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.
»¡Oh por Dios! No estarás pensando que esas patrañas que dicen son verdad —Dominik se mostró indignado.
—Tal vez si te comportaras como un hombre de tu edad, dejaran de decir tantas cosas de ti —estalló Treadaway.
—Será mejor que cambies tu tono. Te recuerdo que el único hombre que tenía la potestad de decirme que hacer o que no, murió el 9 de agosto del año pasado. Tú trabajas para mí, no yo para ti. Tenlo claro —espetó Dominik. A veces no podía evitar ser cruel. No era porque fuese algo que planeara, simplemente era su forma de ser.
El silencio imperó en el bus.
Dominik se adentró en vehículo. No tenía ánimos de seguir discutiendo con su amigo. Sacó su iPod del bolsillo de su chaqueta y se sentó en el penúltimo puesto del bus. Tomó los auriculares y en cuanto iba a encender el dispositivo, notó algo extraño. El reproductor de música que tenía en la mano era por lo menos dos versiones más antiguas que el suyo, además que tenía un sticker de una caricatura de gato y algunas piedritas de swarovski adornando la carcasa de color violeta.
—¿Pero qué coño? —dijo entre dientes, a la vez que rebuscaba en el otro bolsillo de su chaqueta, en el cual si estaba su iPod. Miró de nuevo la espantosa cosa con brillo y se arriesgó a encenderlo. Aunque no era amante de ese tipo de música, supo enseguida de quienes se trataban, Il Divo. Definitivamente, ese no era el tipo de música que Dominik escucharía.
No pudo evitarlo, sonrió como idiota al recordar el incidente y al pensar en la sonrisa de… esa bella chica. 
«¿Qué? ¿Cómo?».
Sacudió su cabeza con fuerza. Se había prohibido sentir esas cosas, no mientras estuviera tan cerca de ganar la copa del mundo. Nada ni nadie podía distraerlo de su verdadero objetivo. Además, él tenía la plena convicción de que el corazón era un órgano o en todo caso, un musculo que servía para bombear sangre, no para sentir estupideces como el amor. Él estaba muy bien como estaba. Si alguna noche sentía el impulso de drenar un poco de testosterona, llamaba a una de sus tantas amigas. Así de fácil, sin embrollos emocionales ni mucho menos.
Guardó el aparatito de música ajeno y tomó el suyo. Se puso los auriculares, se recostó en la butaca y se dispuso a relajarse mientras Black Box Messiah de Diablo Swing Orchestra sonaba a tope.

*****

Samanta corrió hacia la puerta principal para abrirla, pues sino lo hacía, Carlos terminaría tumbándola. Eran casi las 6 de la tarde y ella preparaba la cena para ella y su hermana Teresa. Ahora debería poner otro lugar en la mesa, pues algo era seguro, a Carlos le encantaban los macarrones con queso que preparaba Sam.
—Pasa, pasa. De prisa. He dejado la cocina prendida y los macarrones ya están casi listos. Sabes que me gustan…
—Al dente —completó su amigo, a la vez que cerraba la puerta detrás de él—. Cuéntamelo todo. ¿Cómo te ha ido en la prueba?
—¡Genial! —contestó Sam desde la cocina—. Lo he contestado todo. Creo que me saco una buena calificación.
—Así que… ¿UCLA? —comentó Carlos y Samanta supo que había cierto dejo de burla en sus palabras.
—Sabes que es la opción más… realista.
—Claro, claro. Eso y el hecho de que hay algunos pobres plebeyos que deben resignarse a estudiar en una universidad que queda a más de mil millas de sus casas.
—Solo a ti se te ocurre aplicar para una universidad en Utah.
—Como sea. No he venido a hablar de mí, cuéntame. ¿Llegaste a tiempo?
—Sí. En la raya —dijo Sam, colocando un par de platos sobre la mesa—. Aunque me sucedió algo muy raro.
Carlos tomó asiento en el comedor, mirando a Sam que iba y venía de la cocina a la mesa, con vasos, platos y boles con comida.
—¿Ah sí? ¿Y qué será?
—Cuando iba saliendo del aeropuerto, me he tropezado con un tío de lo más raro.
—¿Cómo de raro?
—No sé cómo explicarlo. No le vi bien, pero en el momento en que nos pedíamos disculpas por ser tontos y no ver por dónde íbamos, aparecieron un montón de chicas y fotógrafos…
—¿Era una celebridad? —Carlos abrió los ojos con asombro, frenando su acción de agarrar un panecillo del centro de la mesa.
Samanta se encogió de hombros.
—¿Qué parte de no lo vi bien, no entendiste?
—¡Vale! No tienes que ser tan hostil.
—¿Sam? —se oyó una voz, proveniente de la puerta principal—. ¡Estoy en casa! —anunció Teresa, la hermana mayor de Samanta.
—¡Estamos acá, Tere! —indicó la hermana menor—. Ven. Acabo de servir la comida.
—¡Vaya que la tienes medida! —dijo Carlos con sorna.
Samanta rio por lo bajo, pues su amigo tenía razón. A las seis en punto llegaba su hermana. Durante el último año, ella había sido la encargada de preparar la cena. Teresa trabajaba todo el día como visitadora social y siempre llegaba agotada y hambrienta. Era lo mínimo que podía hacer por su hermana, quien era como una madre para ella.
—¡Oh! ¡Carlos! —saludó la recién llegada.
—¿Qué tal, Tere? ¿Cómo te ha ido en el trabajo? —indagó él con cortesía.
Teresa cerró los ojos con fuerza y resopló.
—Quisiera decir que bien, pero mentiría. Me ha tocado un caso de lo más triste. Un pequeño de 8 años. Su padre murió hace un mes, en una guerra de bandas y su madre es adicta a la heroína. He estado tentada en rellenar la solicitud de acogida.
—¿Y por qué no lo hiciste? —preguntó Sam—. Me agrada la idea de tener un hermanito.
—Yo podría dártelo —bromeó Carlos—, pero Teresa se niega a abrirme su corazón.
—¡Cállate, Carlos! Podrías ser mi hijo —lo reprendió Teresa.
—Pero no lo soy —refutó él y le guiñó un ojo.
—¿Samanta, cuando piensas darle la oportunidad a Carlos? —se mofó la hermana mayor—. Así dejaría de estar pretendiendo a mujeres mayores.
—Ustedes van a acabar conmigo —él agitó su dedo en gesto acusador—. Una porque no me quiere —miró a Samanta—, y la otra porque no se atreve a reconocer que está loca por mí —miró a Teresa.
—¡Oh por Dios! Me has descubierto. Tienes razón. No sé qué hacer con toda esta pasión que siento por ti —dijo Teresa con notoria bufonería.
Así era una típica velada en casa de las Andrade. Risas, bromas y anécdotas, mientras degustaban una rica comida.
*****

Salió el sol y un nuevo día comenzó. Sam se  levantó de la cama, se duchó, se alistó y desayunó algo para poder irse a trabajar. Por una extraña razón no había podido dejar de pensar en el extraño encuentro que había tenido el día anterior. Lo que no lograba entender era que sentía que ya había visto a ese sujeto en algún lado, pero no recordaba donde.
Llegó al aeropuerto y sonrió al revivir lo sucedido en su mente. Ese día prometía ser más movido que el anterior, pues al día siguiente comenzaría la tan esperada Copa del Mundo. Personas de todas partes de mundo iban y venían por todo el lugar.
Entró en la cafetería y se preparó para una larga jornada de trabajo. Ese día le tocaría doble turno, pues debía cubrir las horas del día anterior. Gordon era considerado, pero también era muy riguroso con el trabajo. Sería una mañana aburrida, pues su amigo llegaría después del mediodía. Tendría que lidiar con la clientela sin ver las muecas que le hacía Carlos desde el otro extremo de la barra, las cuales la ayudaban a liberar un poco el estrés.
Las primeras dos horas pasaron sin ningún sobresalto. Sam tocaba órdenes y servía cafés como toda una experta, aunque por momentos divagaba, pensando en los ojos azules de aquel desconocido.
«Que de seguro, nunca volveré a ver en la vida». Se dijo ella mentalmente, mientras arreglaba un par de vasos a un lado del mostrador.
—Hola. Buen día —se oyó una voz masculina.
—Lo atenderé en un momento —dijo Samanta, sin girarse.
—De acuerdo. Espero —contestó el hombre.
En ese momento Samanta sintió que su corazón daba un brinco. Había algo muy familiar en esa voz. Se giró lentamente para encontrarse con un hombre que miraba atentamente el menú en la pared, a través de unas gafas oscuras. Un caballero muy alto, con un suéter gris de capucha. 
Era él.
Samanta respiró profundo, tratando de disimular sus repentinos nervios. Carraspeó su garganta.
—¿Qué es lo que va a querer, caballero?
El hombre continuaba con la mirada fija en el menú.
»¿Algo frio o algo caliente? —insistió ella.
—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió él, sin mirarla. Estaba absorto mirando la pantalla de su móvil.
—Muy bien. ¿Señor? —indagó ella para que le dijera su nombre y así poder escribirlo en el vaso.
—Dominik —contestó—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, haciendo énfasis en cada letra. 
Samanta no pudo evitar sonreír. Por lo visto, el hombre era un tanto obstinado y eso le encantó. Se arriesgó a escribir un mensaje al lado del nombre, con la esperanza de que él lo viera y le entregó el pedido a su cliente.
El hombre pagó, tomó su vaso y dio un sorbo.
Samanta sintió que el corazón se le detenía al ver como él se retiraba sin tomarse la molestia de leer lo que ella había escrito, pero de repente su corazón volvió a latir. El hombre se detuvo y clavó su mirada en el vaso. Se giró de golpe y sonrió al verla.
*****

«Es una locura. Una completa locura». Dominik no podía dejar de pensar. Se suponía que en un par de horas debía estar en el entrenamiento, pero había decidido escaparse del hotel para ir al aeropuerto. No había podido dormir bien, pensando en esa chica. Esa sensación de necesidad no la había sentido por nadie y se vio obligado a reprenderse por tan tonto comportamiento. No obstante, no abandonó su intención de ir a buscarla. Tenía el presentimiento de que podría encontrarla allí. ¿Por qué? No lo sabía. Solo obedecía a sus instintos. 
«Podría haber estado de paso. Como yo», se volvió a cuestionar la descabellada idea que rondaba en su cabeza. «Solo la buscaré para entregarle su iPod y nada más», se dijo mentalmente, como si eso le fuera a ayudar a no sentirse tan estúpido por lo que estaba haciendo.
Las probabilidades de encontrarla en un sitio que era frecuentado por miles de personas a diario eran muy mínimas, pero allí estaba él, a bordo de un taxi, encaminado hacia el LAX de Los Ángeles.
Bajó del coche, sin perder tiempo y se adentró en la terminal número 3, donde se había topado con ella, el día anterior. Miró en todas direcciones y solo pudo observar cientos de personas caminando de un lado al otro y a pesar de llevar anteojos oscuros y una suéter de capucha, sufría de delirios de persecución y temía que Friedrich apareciera en cualquier momento dándole el sermón del siglo.
«Es una locura. Una completa locura». Repitió de nuevo en su mente.
La ansiedad comenzaba a hacer estragos en él. Necesitaba una dosis de azúcar o se desmayaría. Pudo ver en la distancia un Starbucks y suspiró de alivio. Podría tomarse un café, mientras pensaba en que iba a hacer para encontrar a esa chiquilla de lindos ojos.
Se acercó a la barra, dispuesto a ordenar algo cuando su móvil vibró. Al ver la pantalla vio que era un mensaje de Friedrich.
¿Dónde rayos andas metido?
Leyó y respondió en el acto.
Por allí. No vemos en un rato.
Metió el móvil en su chaqueta y miró el menú. Hacía mucho tiempo que no se tomaba un café en Starbucks así que no recordaba bien los nombres de las bebidas.
—Hola. Buen día —dijo.
—Lo atenderé en un momento —respondió una chica que arreglaba algunas cosas en un estante.
—De acuerdo. Espero —contestó Dominik. Eso le daría tiempo de pensar en que iba a pedir.
Necesitaba dulce, una buena dosis, pero también necesitaba algo que lo ayudara a activarse, pues había pasado mala noche, pensando en… ella.
Su móvil volvió a vibrar. Dominik puso los ojos en blanco, sabía que era Friedrich.
Estés donde estés, mueve tu trasero y tráelo hasta acá. Ewald me ha preguntado tres veces por ti. Tuve que mentirle para que no le diera un infarto. ¿Dónde estás?
¡Joder! Cuando Friedrich quería ser un incordio, lo era. Con letras mayúsculas.
—¿Qué es lo que va a querer, caballero? ¿Algo frio o algo caliente? —preguntó la dependienta.
—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió Dominik, sin apartar su mirada de su móvil. Estaba ideando una ácida respuesta para su publicista.
—Muy bien. ¿Señor? —indagó la chica que lo estaba atendiendo.
—Dominik —contestó él—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, antes de que la mujer se equivocara al escribirlo, pues siempre lo hacían y detestaba ver su nombre escrito como “Dominique”.
Creo que mañana comenzaré a entrevistar personas para el cargo de publicista. El que tengo ya comienza a hartarme. ¿Qué opinas?
Dominik presionó el botón de enviar y sonrió maquiavélicamente. A pesar de que la idea de mandar a volar a Friedrich era tentadora, no se imaginaba un día sin su amigo, pues mal que bien, Treadaway era su mano derecha en todo. No encontraría a alguien así tan fácilmente.
Pagó, recibió su café sin dejar de ver la pantalla de su móvil y tomó un sorbo de su bebida. Dio un par de pasos y miró el nombre escrito en el vaso. Sonrió con satisfacción al verlo correctamente escrito.
«Por fin, una trabajadora de Starbucks que escribe bien mi nombre», pensó y sonrió.
Se detuvo al darse cuenta que había algo más escrito.
¿Has tropezado con alguien, hoy? 
Leyó.
«¿Cómo?». Dominik frunció el ceño y se dio la vuelta, por inercia.
La reconoció. Era ella.

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