miércoles, 14 de diciembre de 2016

Dulce Tragedia - Capítulo 1








 Sinopsis:

Samanta y Dominik cruzaran sus vidas de una manera bastante peculiar. Ambos son de mundos muy distintos, sin embargo eso no los limitará a la hora de amar.
Dominik “The Bullet” Weigand, astro del futbol. Es el jugador más cotizado de la temporada.
Samanta Andrade, una chica normal. Su único deseo es estudiar arqueología en una prestigiosa universidad del Medio Oriente.
Dos polos completamente opuestos que se complementaran, hasta que el mundo entero se empeñe en separarlos.
No obstante, hay vínculos que ni el tiempo ni la distancia pueden romper.
Cuando algo está destinado a suceder, sucederá.
¿Será eso cierto?


Capítulo 1

Múnich, Alemania.

De todas las cosas que no le gustaba hacer, salir de la cama era una de ellas, pero debía hacerlo, el sonido de la alarma de su reloj era desesperante. We Are The Champions era la canción que más odiaba en el mundo. Esa mañana, como todas, se arrepintió de seleccionar la melodía de Queen. Si había una forma de detestar una canción, era poniéndola de alarma para despertar. Pero vamos, que no todo era malo, al menos si despertaba de mal humor o con desanimo, la voz de Freddy Mercury le recordaba que él era un campeón.
Dominik Weigand con sus 24 años de edad, era el jugador más cotizado de la temporada. Los críticos deportivos lo apodaban “The Bullet”, porque era imparable a la hora de marcar un gol.
Aunque era toda una celebridad, Dominik no actuaba como tal. Rechazaba invitaciones a fiestas salvajes y alocadas todo el tiempo. Él fue criado de una manera distinta al resto de sus compañeros de selección. Desde muy pequeño, su padre le enseñó el hábito de la Disciplina. Desde los cinco años de edad, el fútbol se convirtió en su obsesión. Él practicaba seis horas diarias. Tenía una condición física envidiable. Las paredes de su cuarto estaban tapizadas con posters de todos los grandes jugadores de la historia. Era poseedor de una inmensa colección de artículos de la selección alemana.
Ese día sería igual a los últimos tres meses. El mundial estaba muy cerca, y por ese motivo incrementó sus horas de entrenamiento a ocho horas diarias. Su entrenador le decía que debía relajarse un poco, pero Dominik no podía hacerlo. Ganar la Copa del Mundo, junto a la selección alemana, lo consagraría como uno de los mejores de la historia del fútbol. Estaría a la par de grandiosos hombres, como lo eran Franz Beckenbauer, Jurgen Klinsman y Gerd Müller, a quienes admiraba desde que era un pequeñín con el sueño de jugar con la selección nacional.
Con seis títulos de club obtenidos con el FC BAYER MUNICH, destacando dos Champion League ganadas consecutivamente y una Eurocopa el mismo año, se consagró como el jugador más joven en lograr tal hazaña, lo único que hacía falta era levantar una Copa del Mundo. Sin duda, esa sería la guinda de su pastel. En unos diez años se jubilaría siendo una leyenda, el futbolista más joven de la historia en lograr esa tripleta. Eso era todo lo que él deseaba.
Salir de la cama era una proeza para Dominik, pero siempre lo lograba. En cuanto colocaba un pie sobre el suelo, era como si algo se activara dentro de él. Era como si Weigand fuera un robot, pues a veces reaccionaba como una máquina: mecánico y metódico. Para nadie era un secreto que Dominik era Asperger, pero no le gustaba que aplicaran ese término con él. Para todos, era Aspie.
Le diagnosticaron dicha condición a los seis años de edad. El médico puntualizó que él era un caso especial, pues lo normal era que quienes tenían el síndrome no se interesaban en los deportes ni en ninguna actividad que fuese grupal, pero hasta en eso, Dominik era excepcional, siendo una anomalía de la estadística. Gracias a Dios, sus padres reaccionaron de manera positiva ante el diagnóstico, y siempre trataron de canalizar las aptitudes especiales de su hijo, de la mejor manera posible, aunque a veces cometieron el error de consentirlo en exceso. Dominik nunca conoció el rechazo por ser como era, al contrario, se sentía muy bien por ser diferente, y en algunas ocasiones era manipulador, aunque lo hiciera inconscientemente.
Para Dominik era lamentable que muchas personas usaran su condición como una moda y no como lo que era de verdad. Que dijeran ser Asperger sólo porque eran individuos arrogantes, groseros o de mala actitud. Usaban la palabra “trastorno” como si de la palabra “genialidad” se tratara. Sin duda, Dominik daba por sentado que, los trastornados eran esos que creían ser una edición limitada de Weizenbock y no eran más que una común y corriente Heineken.
Terminó de vestirse y tomó su iPod. Antes de salir de su habitación, se miró al espejo. El conjunto deportivo que le envió Adidas para probarlo, era espectacular, de color negro con rayas azul neón. Agradeció una vez más al hombre que inventó la tela supplex, pues era una delicia para entrenar.
El sonido de un par de silbidos, provenientes de sus auriculares, le indicó que su rutina diaria comenzó. Una sesión de footing, mientras Engel de Rammstein sonaba, era una costumbre particular en él, pues le molestaba casi todo tipo de ruido estridente, pero su música favorita era lo único que toleraba.
Corría a toda velocidad, mientras que gotas de sudor caían por su frente y brazos. A medida que las endorfinas y la serotonina aumentaban en su cuerpo, su deseo por correr más y más, aumentaban también. Amaba la sensación de sentir el viento en su cara y el corazón latiendo a mil por hora.
Transcurrieron casi dos horas cuando decidió regresar a su casa.
Al llegar, pudo notar que un coche negro estaba aparcado frente a la entrada. No tardó en darse cuenta que era el auto de su amigo Friedrich, quien se acercaba a él.
—Espero que lo tengas todo listo —comentó el recién llegado.
—Casi —fue la escueta respuesta de Dominik.
—¿Casi? —El hombre lo miró con el ceño fruncido—. El avión sale a las cuatro en punto. Por lo que más quieras, trata de estar listo a tiempo.
—Siempre estoy listo a tiempo.
—¡No me digas! He tenido que llamar a Ewald, las últimas cinco veces, para que nos esperen.
—Ellos nunca se irían sin mí —dijo Dominik y abrió la puerta de la entrada.
Ewald Metzler era el director técnico de la selección alemana, además de ser uno de los pocos seres en el mundo que lograban tolerar a Dominik, pues era muy frecuente que Dom, como le decían algunos compañeros, se comportara como toda una diva, pero no era su culpa, su condición lo hacía muy susceptible al ruido, a cambios repentinos de clima y al contacto físico con otros compañeros, por lo tanto, nadie podía obligarlo a adaptarse al entorno. A menudo, el entorno se adaptaba a él.

***

Faltando veinte minutos para las cuatro, Dominik aún se encontraba en su habitación. Miraba por la ventana y aunque parecía obnubilado con el paisaje, por su cabeza sólo pasaban las nuevas estrategias que ideó el director técnico. No estaba del todo convencido con algunos movimientos y se lo diría a Ewald apenas lo viera…
—¿Estás listo? —Friedrich se asomó por la puerta.
—No estoy de acuerdo con que Delch me haga la asistencia. Quiero ir a buscar el balón —soltó Dominik.
—¿De qué coño estás hablando?
—Me parece mejor idea que sea Brauer el recuperador. Me entiendo mejor con él.
Friedrich levantó una ceja al comprender que era lo que decía Dominik. Una vez más, como de costumbre, estaba desestimando el trabajo de Ewald. Siempre lo hacía, pues casi nunca estaba de acuerdo con el director.
—Díselo a Ewald cuando lo veas. Vámonos. Se nos hace tarde.
Ambos tomaron sus maletas y sin perder tiempo, se dirigieron al aeropuerto.
En el camino, ninguno de los dos habló. Dominik estaba absorto en sus pensamientos. Estaba enfocado en su próximo objetivo. La Copa del Mundo, que se disputaría durante el mes entrante. Estados Unidos sería la sede del campeonato y él no podía pensar en otra cosa: «Esa copa será mía». Friedrich lo conocía a la perfección y sabía que Dominik se ponía de muy mal humor si interrumpían sus pensamientos.
Como era de esperar, caras largas le dieron la bienvenida al interior del avión privado, destinado para la selección alemana de fútbol. Y como era de esperar, a Dominik le importó un bledo. Treinta minutos tarde no significaba el fin de mundo.
Dejó su bolso en uno de los asientos, agitó su mano en el aire, saludando a sus compañeros de equipo y prosiguió a sentarse al lado de Ewald, lugar que estuvo ocupando en todos los vuelos, durante los últimos dos años.
—Tarde. Como siempre —dijo el hombre de casi 50 años de edad.
—Creo que es conveniente reestructurar la jugada de Delch y que sea Brauer quien me asista —dijo Dominik sin más.
Ewald lo miró, expresando total confusión.
—¿De qué hablas? —Preguntó y le lanzó una mirada fugaz a Friedrich.
—Ha pensado en eso durante toda la tarde —contestó el publicista.
—Hablaremos de eso cuando lleguemos. Por ahora, relájate y descansa, necesitas todas las energías —dijo Metzler, con ese típico tono paternal.
No era común que lo hiciera, pero Dominik obedeció. Se recostó y se puso cómodo para el largo viaje que le esperaba.
Desde la muerte del padre de Dominik, hace dieciocho meses atrás, Ewald adoptó ese rol, pues a pesar de que Dominik podía ser insoportable en algunas ocasiones, era un excelente ser humano y ni hablar de su dedicación con la selección.

***

Aeropuerto LAX, Los Ángeles, California.

Un par de ojos café, miraron con desespero el reloj, como si su poder mental acelerara el tiempo. Trabajaría hasta mediodía, pues un acuerdo que hizo con su jefe, se lo permitiría. Ese día le tocaba presentar su Examen de Evaluación Académica, o mejor conocida como SAT por sus siglas en inglés (Scholastic Assessment Test). En un par de minutos tendría que irse de allí y subirse al primer taxi que pasase, a fin de llegar a tiempo a la universidad. Ese era su plan b.
Decidió aplicar para estudiar Arte y Arquitectura en UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) como segunda opción —y la más realista—, después de enviar una solicitud para estudiar Arqueología en la Universidad Americana de El Cairo.
Ella sabía lo difícil que era ser admitida en dicha universidad, por esa razón decidió irse por lo seguro, aunque su verdadera pasión estuviese entre antigüedades y tesoros de civilizaciones ancestrales.
Desde pequeña soñaba con explorar las pirámides y descubrir momias, pero esas ilusiones quedaron relegadas con el paso de los años. No obstante, no perdía nada con intentarlo.
Era un día ajetreado en el aeropuerto, la gente iba y venía, caminaban apresurados por entrar o salir de allí. Lo típico en un aeropuerto internacional. Ese día parecía haber más movimiento de lo normal y era de esperarse, pues en un par de días comenzaría un evento que reunía a millones de personas, todos con una misma pasión.
La copa mundial de fútbol se disputaría en los próximos días y Estados Unidos era la sede.
El Centro StubHub de Los Ángeles fue el elegido para la ceremonia de apertura y partido inaugural, el cual estaba previsto que se diera entre Estados Unidos y Alemania.
Ella sabía todo esto porque Carlos, su mejor amigo y quien era fanático del deporte, se lo dijo.
Carlos y ella eran muy buenos amigos desde hace cuatro años atrás. Samanta llegó al país cuando su hermana mayor, Teresa, una vez que enviudó, la pidió desde México, donde vivían sus padres. Ella se casó con un estadounidense, que perdió la vida en el frente de batalla en Afganistán. Teresa devastada y con ayuda del gobierno americano, pudo traer a su única hermana a los Estados Unidos.
 A Samanta le hizo mucha ilusión ir a vivir con su hermana, además de tener muchas más probabilidades de estudiar lo que ella tanto soñaba.
Sam y Carlos comenzaron a interactuar en el noveno grado, al descubrir que ambos eran vecinos. Carlos vivía con su madre a tres casas de la casa de Teresa. Desde ese entonces eran inseparables, a tal punto, que siempre que buscaban empleo temporal, lo hacían juntos.
Así fue como comenzaron a trabajar en el mismo lugar, cinco meses atrás.
Samanta, como siempre, escuchaba a los clientes mientras servía sus cafés. Era inevitable. Escuchaba como hablaban de lo que hicieron en sus últimos viajes de negocios, lo mucho que extrañaban a sus familiares y lo agotados que estaban después de tantas horas de vuelo.
—¿Samanta? —La voz de su amigo la hizo girar—. Ya es hora. Debes irte o llegarás tarde.
Al ver el reloj, se dio cuenta que los minutos habían transcurrido con rapidez.
Se quitó su delantal e hizo una señal a Gordon, su jefe, para indicarle que era hora de irse. El hombre asintió con la cabeza y articuló algo con los labios. Sam no lo escuchó, pero entendió a la perfección.
Buena suerte, dijo él.
Tomó su bolso, recogió sus cosas y se despidió de algunos compañeros.
Carlos le brindó una gran sonrisa y le dio un fuerte abrazo, agregando:
—¡Lo lograrás! —Él creía ciegamente en su amiga.
—Gracias —dijo Sam y le devolvió el abrazo, con la misma intensidad.


***

Después de casi trece horas, el vuelo proveniente desde el Aeropuerto Internacional de Múnich arribó sobre suelo americano y en cuestión de segundos, el comité de la FIFA se desplegó por todo el lugar.
Dominik miró por la ventana y pudo apreciar la gran cantidad de personas que los esperaban, desde reporteros hasta fanáticos.
Uno a uno fue bajando del avión. Dom se quedó sentado en su asiento, esperando que todos bajaran. Siempre lo hacía. Le gustaba ser el último en bajar, tanto del avión como del autobús.
A él no le gustaba caminar detrás de sus compañeros, pues no le gustaba sentirse como una oveja siguiendo el rebaño, así que siempre trataba de quedar relegado del resto. Muchas veces, eso lo ayudó a pasar desapercibido.
Sacó el iPod del bolsillo de su chaqueta y se puso los auriculares, mientras le daba volumen a Faint de Linkin Park. No podía evitarlo, amaba su música, la música que lo había marcado en la adolescencia. Escucharla lo ayudaba de cierta forma, a llenar el vacío que sentía por la muerte de su padre, pues a su padre le gustaba mucho escuchar esa música mientras veía a su hijo entrenando.
Se subió la capucha del suéter y continuó su camino.
Friedrich iba ajetreado, cargando el bolso de Dominik y charlando con Ewald acerca de la nueva campaña Adidas, pues ambos querían que Dominik fuera la imagen exclusiva de la marca, y por un momento, el publicista olvidó que tenía que estar pendiente de su amigo. Se detuvo en seco al darse cuenta que éste no caminaba a su lado, ni detrás de él.
—Mierda —dijo entre dientes.
—¿Qué sucede? —preguntó Ewald.
—Dominik —farfulló Friedrich.
El director técnico miró a ambos lados, buscando algún indicio de su jugador estrella, pero había tanta gente y luces de cámaras por doquier, que abandonó su intento de búsqueda enseguida.
—No te preocupes. Lo esperaremos en el bus.
El publicista respiró profundo miró al techo, rogando por el día en que Dominik se comportara como una persona normal. Imposible. Dominik no era normal.
A unos cuantos metros de distancia, un par de ojos azules observaban a su amigo. Dominik no pudo evitar reír ante la escena. No entendía como lograba sacar a Friedrich de sus casillas, con tanta facilidad. Ya debía estar acostumbrado, pues siempre se comportaba de esa manera. Nunca le gustó la atención mediática, siempre que podía huía de ella.
Se giró de golpe, para continuar su camino y salir del aeropuerto, pero no se percató de algo.
Alguien impactó contra él y cayó de bruces contra el suelo.
Dominik abrió los ojos al percatarse de que se trataba de una mujer.

***

Samanta cayó al suelo al impactar con... «¿Un poste?», pensó ella. Sin embargo tuvo que mirar de nuevo para cerciorarse. Se dio cuenta de que el motivo de su caída era un hombre, quien al parecer, media lo mismo que un poste. Era gigantesco.
Ella se entretuvo con la multitud que estaba aglomerada alrededor de la selección de fútbol que acababa de llegar y pensó en lo tontas que se veían algunas chicas dando saltos y gritando como posesas ante la presencia de un montón de hombres que se ganan la vida corriendo de un lado para el otro de un estadio, persiguiendo un balón, que de seguro la única neurona que les funcionaba, sólo les servía para diferenciar una proteína de una caloría.
—¡Oh! Lo siento mucho. ¿Estás bien? —preguntó el hombre. Había mucha preocupación en su voz. La voz del sujeto era muy masculina. Sam se olvidó que estaba tendida en el suelo. Él extendió su mano para ayudarla a levantarse y preguntó de nuevo—, ¿Estás bien? ¡Lo siento mucho! No te vi venir.
Ella agitó su cabeza.
—Estoy bien. Fue mi culpa. No me fijé por donde iba.
Una vez de pie ella bajó la mirada hacia el suelo y pudo ver algunas cosas desparramadas en el piso. Ambos se agacharon para recoger sus pertenencias.
Dominik no podía evitar mirar a la chica con detenimiento, era preciosa.
—¿Sucede algo? —Indagó ella, al notar que el desconocido la miraba fijamente.
—Eres muy linda —soltó Dominik sin más.
Samanta abrió los ojos con asombro ante la osada confesión.
Dom maldijo esa sinceridad que lo caracterizaba, esa que le hacía decir todo lo que pensaba.
Sam no pudo hacer caso omiso a lo que veían sus ojos. El hombre llevaba capucha y no pudo detallarlo bien. Sin embargo, pudo ver el azul intenso de los ojos de la persona frente a ella. Tenía rasgos muy varoniles y lo que más llamó su atención, era que tenía una boca carnosa, unos labios perfectos para besar. Al pensar en eso, no pudo evitar morderse el labio.
Dominik soltó una ligera carcajada ante el gesto de la chica, pues él sabía de sobra el efecto que causaba en las féminas.
Samanta agitó su cabeza con fuerza al darse cuenta que estaba fantaseando con un sujeto que ni siquiera conocía. Se irguió de golpe y él también lo hizo.
«¡Madre mía! Le llego al pecho», pensó ella al constatar que el hombre era altísimo. Miró de nuevo ese rostro. Ese segundo vistazo le ayudó a notar cierta familiaridad. Era como si ya hubiese visto ese rostro en otra parte. «¿Pero, dónde?».
A Dominik no le gustaba que lo miraran mucho, pero esos hermosos ojos café que lo observaban, le trasmitían una paz absoluta. No tardó mucho en darse cuenta que la chica tendría unos escasos 20 años —o menos—, pues su apariencia era muy juvenil.
—Es él…
Una voz lejana la hizo espabilar.
—Allí está —una chica señaló en dirección a Samanta y Dominik.
Dominik soltó una palabrota en alemán, “mierda”, para ser más específicos.
Samanta frunció el ceño y se limitó a quedarse quieta, mientras el hombre parecía querer desaparecer de allí.
En cuestión de segundos, el sujeto estaba rodeado de mujeres y reporteros de la prensa.
«Pero, ¿qué coño?». Samanta no entendía nada.
Ella miró confundida, todo lo que sucedía. No comprendió porque la gente se comportaba así. Gente tomaba fotos, más gente aparecía de la nada, aglomerándose alrededor de ese hombre. Mientras él sólo bajaba la cabeza, tratando de alejarse.
Poco a poco, Sam se fue alejando del lugar, dando pasos lentos hacía atrás, a medida que llegaban más chicas…
«¡La prueba!».
Samanta se echó a correr en dirección a la salida al recordarlo. Salió de prisa del aeropuerto, cogió un taxi y le indicó la dirección al taxista. Miró su reloj. Se percató que faltaba veinte minutos para la hora del examen.
«Desearía que le salieran alas al coche», pensó mientras veía por la ventana del vehículo en movimiento. Las cosas pasaban con rapidez ante sus ojos, su mente divagó recordando aquel rostro perfecto, esos hermosos ojos y aquella voz…
El auto se detuvo.
—Llegamos —dijo el hombre, extendiendo su brazo hacia ella—. Son 50.
—¿Qué?—Samanta metió la mano en su bolso y sacó el billete. No tenía tiempo para perderlo discutiendo con un timador. De mala gana le dio el dinero.
Ella no acostumbraba a tomar taxis, pero esa era una emergencia.
Pagó y salió de un brinco del taxi, para comenzar a correr de nuevo.
Los pasillos eran largos. Había mucha gente caminando en todas direcciones. Sam no podía dejar de mirar el reloj mientras repetía mentalmente: «Maldición. Es muy tarde».
Pudo divisar la puerta del salón que le asignaron. Notó que la persona encargada de la prueba apenas llegaba. Sacó fuerzas de Dios sabe dónde y corrió con toda rapidez para poder entrar antes que la puerta se cerrara.
Casi sin aliento, logró entrar.
Samanta pudo respirar con tranquilidad, al sentarse en su mesa.
Un par de indicaciones más y la prueba inició.
A pesar de que Samanta estaba avocada en responder todas y cada una de las preguntas, por momentos no podía evitar pensar en ese hombre, quien en segundos había pasado de ser un completo misterio a ser alguien aclamado por toda esa gente.
«¿Quién era?», la pregunta reverberó en su cabeza.
Tuvo que obligar su mente a enfocarse en la prueba.
Aunque le costó un poco concentrarse, lo logró y contestó el test en su totalidad.
Casi dos horas después, el examen concluyó.

 ***

No sonreía, ni por cortesía. Nunca aprendió a fingir. Quería largarse, salir de allí, subirse al autobús y dejar de todos esos destellos y sonidos de cámaras atrás.
Poco a poco se fue alejando de toda esa gente, a la vez que algunos hombres de seguridad, designados por la FIFA, trataban de escoltarlo al exterior del lugar. Dominik contestaba con monosílabos, de manera esquiva, a todas y cada una de las preguntas que resonaban, las cuales iban desde: ¿Cómo te preparas para el juego?, hasta ¿esa chica era tu novia? Esta última pregunta lo hizo agitar la cabeza y fruncir el ceño. «La chica», pensó. Movió su cabeza a ambos lados, buscándola, pero no la encontró. Era como si se hubiese evaporado. Contestó fuerte y claro con un “no”, continuando su camino.
Escapar de los reporteros, paparazzi y fanáticos, casi siempre lo dejaba agotado, pero por suerte, siempre había un grupo de guardaespaldas, guardias de seguridad o policías, dispuestos a velar por su integridad física.
Logró llegar al autobús, luego de caminar casi quince minutos, parar y esquivar preguntas odiosas de reporteros deportivos, quienes en los últimos meses habían criticado su actitud en el terreno de juego, pues Dominik se mostraba un poco rebelde a la hora de acatar las estrategias de su director técnico.
Un sujeto con el ceño fruncido y los brazos cruzados a nivel del pecho, lo fulminó con la mirada. Dominik no pudo evitar soltar una carcajada ante el predecible comportamiento de Friedrich, quien a pesar de ser su amigo, siempre se tomaba más en serio su rol de manager y publicista.
—¡Vaya! Al fin te has dignado a unírtenos —soltó Treadaway.
—No me toques las narices, Friedrich —Dominik se mostró hostil ante el reproche.
—¿Qué no te toque las narices? ¿Pero, qué coño te pasa?
—¡Hey! Cálmense los dos —intervino Ewald.
—¡Dom! Estás de nuevo en la tele —comentó Ahren Degener, portero de la selección, con algo de sorna.
—Y en internet —agregó Theobold Bartram, el defensor central.
Dominik clavó su mirada en la pantalla de plasma de 21 pulgadas que estaba desplegada en lo alto del pasillo del bus. La noticia que estaban comentando no tenía nada que ver con su carrera, sino con algo de lo cual no le gustaba hablar, y mucho menos le gustaba que los demás lo hicieran.
—¿Quién es la chica? ¿Eh? —Su compañero Edmund Brauer sonó un tanto burlón.
—¡Muñequita! —Fue el comentario de Héctor Rodríguez, quien sostenía un iPad entre sus manos, con su típico acento, haciendo notoria su ascendencia costarricense.
Dominik se acercó al Carrilero del equipo, le quitó el iPad y miró la pantalla del mismo.
—Te lo tenías bien guardado, Weigand —bromeó su compañero, Derek Neisser.
—Cuéntanos como le hiciste para tener una novia al otro lado del mundo y que ninguno de nosotros lo supiéramos —el chiste de Rodríguez lo hizo reír.
—¿De qué están hablando? Ni siquiera la conozco —Dominik se encogió de hombros.
—Lo sabemos, Weigand. Estamos bromeando —dijo Rodríguez al recordar que Dominik no entendía ese tipo de chistes.
Eso era lo bonito de ser un equipo, y más, ser ese equipo, pues no se limitaban a ser compañeros de trabajo, sino que eran una familia. Cada uno era un individuo distinto, pero a la vez, eran parte de un organismo que se mantenía vivo gracias a la camaradería. A pesar de que Dominik era el “consentido” de Ewald, al menos eso decían los comentaristas deportivos, ninguno de los integrantes de la selección se sentía desplazado,  ni mucho menos se dejaba llevar por la envidia. No. Si uno de ellos estaba mal, todos lo apoyaban, si uno de ellos era atacado, todos lo defendían, además de que Dominik —aunque era poseedor de un fuerte carácter— era un cielo con sus amigos, en el aspecto de que siempre los ayudaba en cuanto podía. Su peculiar personalidad lo hacía especial para sus compañeros. Él era como ese hermano menor al que todos querían cuidar.
Era ilógico que vincularan a Dominik con esa mujer, pues ellos sabían a la perfección que Weigand no era de ese tipo. Es más, sabían que él tenía casi un año sin mantener una relación estable con alguien. Dom tuvo la misma novia desde que tenía 16 años de edad, sin embargo la relación terminó, cuando él decidió abocarse a su carrera. Así lograr lo que se propuso  antes de cumplir los 30.
—¿Quién es ella? —Preguntó Friedrich al ver las imágenes en la pantalla, las cuales mostraban a Dominik charlando con una chica.
—No lo sé —Dom se encogió de hombros—. Una chica que se atravesó en mi camino. Literalmente.
Friedrich entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.
»¡Oh por Dios! No estarás pensando que esas patrañas que dicen son verdad —Dominik se mostró indignado.
—Tal vez si te comportaras como un hombre de tu edad y no me dieras tantas dolores de cabeza, dejarían de decir tantas cosas de ti —estalló Treadaway.
—Será mejor que cambies tu tono. Te recuerdo que el único hombre que tenía la potestad de decirme que hacer o que no, murió el 9 de diciembre del año antepasado. Tú trabajas para mí, no yo para ti. Tenlo claro —espetó Dominik.
A veces, no podía evitar ser tajante. No era porque fuese algo que planeara, era que no tenía tacto para decir lo que pensaba.
El silencio imperó en el bus.
Dominik se adentró en el vehículo. No tenía ánimos de seguir discutiendo con su amigo. Sacó el iPod del bolsillo de su chaqueta y se sentó en el penúltimo puesto del bus. Tomó los auriculares y en cuanto iba a encender el dispositivo, notó algo extraño.
El reproductor de música que tenía en su mano era por lo menos dos versiones más antiguas que el suyo, además que tenía un sticker de una caricatura de gato y algunas piedritas de swarovski adornando una carcasa de color violeta.
—¿Pero qué coño? —Dijo entre dientes, a la vez que rebuscaba en el otro bolsillo de su chaqueta, en el cual si estaba su iPod.
Miró de nuevo la espantosa cosa con brillo y se arriesgó a encenderlo. Aunque no era amante de ese tipo de música, supo enseguida de quienes se trataban, Il Divo. En definitiva, ese no era el tipo de música que Dominik escucharía.
No pudo evitarlo, sonrió como idiota al recordar el incidente y al pensar en la sonrisa de… esa bella chica.
«¿Qué? ¿Cómo?».
Sacudió su cabeza con fuerza. Nada ni nadie podía distraerlo de su verdadero objetivo. Además, él tenía la plena convicción de que el corazón era un órgano, o en todo caso, un músculo que servía para bombear sangre, no para sentir estupideces. Él se sentía muy bien cómo estaba. Si alguna noche sentía el impulso de drenar un poco de testosterona, llamaba a una de sus tantas amigas. Así de fácil, sin embrollos emocionales.
Guardó el aparatito de música ajeno y tomó el suyo. Se puso los auriculares, se recostó en la butaca y se dispuso a relajarse mientras Black Box Messiah de Diablo Swing Orchestra sonaba. Era una de las pocas bandas que toleraba de la actualidad, pues solía escuchar sólo música de los setenta, ochenta, noventa y principios del 2000, pues consideraba que la música que emergió después del 2005, no podía ser considerada música.

***

Samanta corrió hacia la puerta principal para abrirla, pues si no lo hacía, Carlos la tumbaría. Eran casi las seis de la tarde y ella preparaba la cena para ella y su hermana Teresa. Ahora debería poner otro lugar en la mesa, pues algo era seguro, a Carlos le encantaba los macarrones con queso que preparaba Sam.
—Pasa, pasa. De prisa. Dejé la cocina encendida y los macarrones ya están casi listos. Sabes que me gustan…
—Al dente —completó su amigo, a la vez que cerraba la puerta detrás de él—. Cuéntame. Soy todo oídos. ¿Cómo te ha ido en la prueba?
—¡Genial! —Contestó Sam desde la cocina—. Lo he contestado todo. Creo que obtendré una buena calificación.
—Así que… ¿UCLA? —Comentó Carlos y Samanta se percató de cierto dejo de burla en sus palabras.
—Sabes que es la opción más… realista —dijo ella.
—Claro, claro. Eso y el hecho de que hay algunos pobres plebeyos que deben resignarse a estudiar en una universidad que queda a más de mil millas de sus casas.
—Sólo a ti se te ocurre aplicar para una universidad en Utah —le recordó su amiga.
—Como sea. No he venido a hablar de mí. Cuéntame. ¿Llegaste a tiempo?
—Sí. En la raya —dijo Sam, colocando un par de platos sobre la mesa—. Aunque me sucedió algo muy extraño.
Carlos tomó asiento en el comedor, mirando a Samanta que iba y venía de la cocina a la mesa, con vasos, platos y boles con comida.
—¿Ah sí? ¿Y qué fue lo que te pasó?
—Cuando iba saliendo del aeropuerto, me tropecé con un tío muy peculiar.
—¿Qué tan peculiar?
—No sé cómo explicarlo. No le vi bien, pero en el momento en que nos pedíamos disculpas por ser tontos y no ver por dónde íbamos, aparecieron un montón de chicas y fotógrafos…
—¿Era una celebridad? —Carlos abrió los ojos con asombro, frenando su acción de agarrar un panecillo del centro de la mesa.
Samanta se encogió de hombros.
—¿Qué parte de no lo vi bien, no entendiste?
—¡Vale! No tienes que ser tan hostil.
—¿Sam? —Oyó una voz, proveniente de la puerta principal—. ¡Estoy en casa! —Anunció Teresa, la hermana mayor de Samanta.
—¡Estamos acá, Tere! —Indicó la hermana menor—. Ven. Acabo de servir la comida.
—¡Vaya que la tienes medida! —Dijo Carlos con sorna.
Samanta rió por lo bajo, pues su amigo tenía razón. A las seis en punto llegaba su hermana. Durante el último año, ella se encargó de preparar la cena. Teresa trabajaba todo el día como visitadora social y siempre llegaba agotada y hambrienta. Era lo mínimo que podía hacer por su hermana, quien era como una madre para ella.
—¡Oh! ¡Carlos! —Saludó la recién llegada.
—¿Qué tal, Tere? ¿Cómo te ha ido en el trabajo? —Indagó él con cortesía.
Teresa cerró los ojos con fuerza y resopló.
—Quisiera decir que bien, pero mentiría. Me tocó un caso muy triste. Un pequeño de ocho años. Su padre murió hace un mes, en una guerra de bandas y su madre es adicta a la heroína. Estuve tentada en rellenar la solicitud de adopción.
—¿Y por qué no lo haces? —Preguntó Sam—. Me agrada la idea de tener un sobrinito.
—Yo podría dártelo —bromeó Carlos—, pero Teresa se niega a abrirme su corazón.
—¡Cállate, Carlos! Podrías ser mi hijo —lo reprendió Teresa.
—Pero no lo soy —refutó él y le guiñó un ojo.
—¿Samanta, cuando piensas darle la oportunidad a este muchacho? —Se mofó la hermana—. Así dejaría de estar pretendiendo a mujeres mayores.
—Ustedes van a acabar conmigo —él agitó su dedo en gesto acusador—. Una porque no me quiere —miró a Samanta—, y la otra porque no se atreve a reconocer que está loca por mí —miró a Teresa.
—¡Oh por Dios! Me has pillado. Tienes razón. No sé qué hacer con toda esta pasión que siento por ti —dijo Teresa con notoria bufonería.
Así era una típica velada en casa de las Andrade. Risas, bromas y anécdotas, mientras degustaban una rica comida.

***
Salió el sol y comenzó un nuevo día. Sam se  levantó de la cama, se duchó, se alistó y desayunó algo para poder irse a trabajar. Por una extraña razón no podía dejar de pensar en el extraño encuentro del día anterior. Lo que no lograba entender, era que sentía que ya conocía a ese sujeto de algún lado, pero no recordaba de dónde.
Llegó al aeropuerto y sonrió al revivir lo sucedido en su mente. Ese día prometía ser más movido que el anterior, pues al día siguiente comenzaría la tan esperada Copa del Mundo. Personas de todas partes iban y venían por todo el lugar.
Entró en la cafetería y se preparó para una larga jornada de trabajo. Ese día le tocaría doble turno, pues debía cubrir las horas del día anterior. Gordon era considerado, pero también era muy estricto con el trabajo. Sería una mañana aburrida, pues su amigo llegaría después del mediodía. Tendría que lidiar con la clientela sin ver las muecas que le hacía Carlos desde el otro extremo de la barra, las cuales la ayudaban a liberar un poco el estrés.
Las primeras dos horas pasaron sin ningún sobresalto. Sam tomaba órdenes y servía  cafés como toda una experta, aunque por momentos divagaba, pensando en los ojos azules de aquel desconocido.
«Que de seguro, nunca volveré a ver en la vida». Pensó mientras arreglaba un par de vasos a un lado del mostrador.
—Hola. Buen día —se oyó una voz masculina.
—Lo atenderé en un momento —dijo Samanta, sin girarse.
—De acuerdo. Espero —contestó el hombre.
En ese momento Samanta sintió que su corazón daba un brinco. Había algo muy familiar en esa voz. Se giró para encontrarse con un hombre que miraba con mucha atención el menú en lo alto de la pared, a través de unas gafas oscuras. Un caballero muy alto, con un suéter gris de capucha.
Era él.
Samanta respiró profundo, tratando de disimular sus repentinos nervios. Carraspeó su garganta.
—¿Qué es lo que va a querer, caballero?
El hombre continuaba con la mirada fija en el menú.
»¿Algo frio o algo caliente? —Insistió ella.
—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió él, sin mirarla. Estaba absorto mirando la pantalla de su móvil.
—Muy bien. ¿Señor? —Indagó ella para que le dijera su nombre y así poder escribirlo en el vaso.
—Dominik —contestó—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, haciendo énfasis en cada letra.
Samanta no pudo evitar sonreír. Por lo visto, el hombre era un tanto obstinado y eso le encantó. Se arriesgó a escribir un mensaje al lado del nombre, con la esperanza de que él lo viera y le entregó el pedido a su cliente.
El hombre pagó, tomó su vaso y dio un sorbo.
Samanta sintió que el corazón se le detenía al ver como él se retiraba sin tomarse la molestia de leer lo que ella había escrito, pero de repente su corazón volvió a latir. El hombre se detuvo y clavó su mirada en el vaso. Se giró de golpe y sonrió al verla.
***


«Es una locura. Una completa locura». Dominik no dejaba de pensar. Se suponía que en un par de horas debía estar en el entrenamiento, pero decidió escaparse del hotel para ir al aeropuerto. No pudo dormir bien, pensando en esa chica. Esa sensación de necesidad no la había sentido por nadie y se obligó a reprenderse por tan tonto comportamiento. No obstante, no abandonó su intención de ir a buscarla. Tenía el presentimiento de que podría encontrarla allí. ¿Por qué? No lo sabía. Sólo obedecía a sus instintos.
«Podría haber estado de paso. Como yo», se volvió a cuestionar la descabellada idea que rondaba por su cabeza. «Sólo la buscaré para entregarle su iPod y nada más», pensó, como si eso le ayudara a no sentirse tan zopenco por lo que estaba haciendo.
Las probabilidades de encontrarla en un sitio que era frecuentado por miles de personas a diario eran mínimas, pero allí estaba él, a bordo de un taxi, encaminado hacia el LAX de Los Ángeles.
Bajó del coche, sin perder tiempo y se adentró en la terminal número 3, donde se topó con ella, el día anterior. Miró en todas direcciones y pudo observar cientos de personas caminando de un lado al otro y a pesar de llevar anteojos oscuros y un suéter con capucha, sufría de delirios de persecución y temía que Friedrich apareciera en cualquier momento dándole el sermón del siglo.
«Es una locura. Una completa locura». Repitió de nuevo en su mente.
La ansiedad comenzaba a hacer estragos en él. Necesitaba una dosis de azúcar o se desmayaría. Pudo ver en la distancia un Starbucks y suspiró de alivio. Podría tomarse un café, mientras pensaba en que iba a hacer para encontrar a esa chiquilla de ojos lindos.
Se acercó a la barra, dispuesto a ordenar algo cuando su móvil vibró. Al ver la pantalla vio que era un mensaje de Friedrich.
¿Dónde rayos andas metido?
Leyó y respondió en el acto.
Por allí. Nos vemos en un rato.
Metió el móvil en su chaqueta y miró el menú. Hacía mucho tiempo que no se tomaba un café en Starbucks así que no recordaba los nombres de las bebidas.
—Hola. Buen día —dijo.
—Lo atenderé en un momento —respondió una chica que arreglaba algunas cosas en un estante.
—De acuerdo. Espero —contestó Dominik. Eso le daría tiempo de pensar en que iba a pedir.
Necesitaba dulce, una buena dosis, pero también necesitaba algo que lo ayudara a activarse, pues pasó mala noche, pensando en… ella.
Su móvil volvió a vibrar. Dominik puso los ojos en blanco, sabía que era Friedrich.
Estés donde estés, mueve tu trasero y tráelo hasta acá. Ewald me ha preguntado tres veces por ti. Tuve que mentirle para que no le diera un infarto. ¿Dónde estás?
¡Joder! Cuando Friedrich quería ser un incordio, lo era. Con letras mayúsculas.
—¿Qué es lo que va a querer, caballero? ¿Algo frio o algo caliente? —Preguntó la dependienta.
—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió Dominik, sin apartar su mirada de su móvil. Estaba ideando una ácida respuesta para su publicista.
—Muy bien. ¿Señor? —indagó la chica que lo estaba atendiendo.
—Dominik —contestó él—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, antes de que la mujer se equivocara al escribirlo, pues siempre lo hacían y detestaba ver su nombre escrito como “Dominique”.
Creo que mañana comenzaré a entrevistar personas para el cargo de publicista. El que tengo ya comienza a hartarme. ¿Qué opinas?
Dominik presionó el botón de enviar y sonrió maquiavélicamente. A pesar de que la idea de mandar a volar a Friedrich era tentadora, no se imaginaba un día sin su amigo. Mal que bien, Treadaway era su mano derecha en todo. No encontraría a alguien así en ningún lado.
Pagó, recibió su café sin dejar de ver la pantalla de su móvil y tomó un sorbo de su bebida. Dio un par de pasos y miró el nombre escrito en el vaso. Sonrió con satisfacción al ver que estaba correcto.
Se detuvo al darse cuenta que había algo más escrito.
¿Has tropezado con alguien, hoy?
Leyó.
«¿Cómo?». Dominik frunció el ceño y se dio la vuelta, por inercia.
La reconoció. Era ella.

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