sábado, 14 de enero de 2017

Dulce Tragedia - Capítulo 2


Capítulo 2


Ambos corazones latieron con fuerza. Samanta no pudo evitar sonrojarse y Dominik lo notó, gesto que lo hizo sonreír ampliamente.
—Eres tú —masculló y sacudió su cabeza con fuerza—. ¿Trabajas aquí?
La chica asintió con la cabeza.
Dominik se acercó de nuevo a la barra y miró a ambos lados, por suerte no había clientes esperando por ser atendidos.
—No te preocupes —dijo ella—. No chocaré de nuevo contigo, así que no te asustes —soltó una leve carcajada—. Perdona por lo de ayer, enserio lo lamento —Sam atropellaba las palabras al hablar.
—No. Ni lo digas. Yo andaba distraído y… no te vi —él se encogió de hombros—. Estaba… —Dominik se calló al percatarse de lo que iba a decir.
«¿Estaba buscándote? ¿En serio, Dominik? ¿Podrías buscar otra manera de no sonar tan acosador?». La voz de su conciencia le habló.
Samanta frunció el entrecejo al ver que el hombre frente a ella hacía gestos raros con la cara.
»Emmm, yo… —balbuceó él.
—¡SAMMY!
Una voz hizo que Sam girará su rostro de golpe en dirección a quien la llamaba. Pudo ver a su jefe al otro lado del local, haciéndole más señas que un fiscal de tránsito. 
»Necesito que me eches una mano —dijo Gordon.
Samanta se giró hacia Dominik y sonrió.
—¿Sammy? —Dom repitió el nombre y no pudo evitar sonreír como idiota.
—Samanta. Mis amigos me dicen Sam, pero ni jefe me dice Sammy cuando está… —se giró y miró a Gordon de nuevo, quien llevaba un montón de cajas entre sus brazos—, estresado —agregó ella.
—Samanta es un nombre muy hermoso —susurró Dominik.
—Debo… —ella señaló hacia un lado.
—Si, por supuesto. Ve. Yo ya me iba, solo venía a… —él se calló de golpe a pensar en lo que iba a decir. Decirle que estaba allí, buscándola, sonaría muy raro, así que decidió mentir—, buscar un amigo.
Sam sintió algo de decepción, pero no lo demostró. En cuestión de segundos se había armado una novela en su cabeza. Imaginando que él estaba allí por ella. El príncipe azul que va en busca de la chica, ambos víctimas del destino. 
«Entrégale su iPod». Habló la voz de la conciencia de Dominik.
Él metió su mano en el bolsillo de su suéter y sujetó el aparatito. Pero hubo algo que le impidió devolvérselo a su dueña. Era como si al hacerlo se resignara a no verla nunca más y no quería despedirse de ella. Conservar el iPod sería la excusa perfecta para ir a verla de nuevo. Quería verla de nuevo, charlar con ella… conocerla.
Samanta asintió con la cabeza e hizo un mohín, agitó su mano y se retiró a ayudar a su jefe. Dominik se dio la vuelta y se alejó de allí, deseando poder quedarse, pero debía apresurase o llegaría tarde al entrenamiento. 
***** 

Aproximadamente al mediodía, Carlos se unió a la jornada laboral. Saludó a su amiga y continuó hacia el interior de la cafetería, pues Samanta estaba terminando de arreglar algunas cosas en el mostrador y él debía ir a ayudar a su jefe a organizar los productos que habían llegado en la mañana.
Gordon Harris tenía 32 años y había logrado ser uno de los gerentes más jóvenes de la cadena de Starbucks. Se había preparado muy bien para la gerencia en la Universidad del estado de Utah, al estudiar en la Escuela de Negocios. Aunque su objetivo era llegar a administrar algún restaurante de una afamada cadena, había sido Starbucks su primera opción disponible al llegar a Los Ángeles, donde se había estado sirviendo cafés, tés, merengadas y helados por casi 4 meses. Le tomó muy poco tiempo escalar posición y convertirse en el encargado del personal, algo así como es asistente del gerente. Él había sido el encargado de entrevistar a Sam y a Carlos el día que ambos decidieron presentarse para los puestos de atención al público. Dos meses más tarde, Donald Ramsey, el gerente y encargado del establecimiento, había sido despedido, al comprobarse que había estado maquillando los informes de contabilidad para robar unos miles de dólares. La vacante fue llenada de inmediato por Gordon, por orden de la directiva de la cadena.
Harris era un jefe espectacular, compresivo con sus empleados y muy considerado, siempre estaba dispuesto a ayudarlos. No actuaba como un jefe, sino como un amigo, de esos que tienen voz de mando y son líderes por naturaleza. Samanta y Carlos lo amaban, y era por esa razón que siempre trataban de ayudarlo en lo máximo posible, pues Gordon merecía la misma reciprocidad por parte de sus empleados.
Sam tuvo que almorzar sola en una de las mesas aledañas a la cafetería, pues su amigo acaba de entrar al turno. Ese día era una excepción, ya que ambos trabajaban en el mismo horario, pero debido a que había tenido que pedir permiso para salir más temprano el día anterior para ir a presentar su prueba, había llegado al acuerdo de que esas horas las pagaría al día siguiente, o sea, ese día.
Comió con toda la calma de mundo, pues no era como las otras chicas, que comían en 10 minutos y los otros 50 minutos de la hora de almuerzo la disponían para dar vueltas por el aeropuerto y ver guapos turistas ir y venir, como lo hacían Megan y Stacy, dos chicas que trabajaban el mismo turno que Carlos y Sam, pero solo de viernes a domingo. Eran pesadísimas y Samanta había estado a punto de sacarles los ojos un par de veces.
La tarde pasó lentamente. El resto del día fue aburrido y sin muchos clientes.
«Su rostro, su sonrisa…».
Sam se sorprendió a sí misma pensando en eso varias veces y le parecía muy tonto pensar en alguien que apenas había visto dos veces. 
—Dominik —dijo el nombre entre dientes y sonrió—. D-O-M-I-N-I-K —lo deletreó, burlándose de la forma odiosa en que él lo había deletreado en la mañana, para que ella no se equivocara al escribirlo. —Pero que mono es —continuó hablando.
—¿Hablando sola? —la voz de Carlos la hizo dar un brinco.
—¡Vaya! Por fin logro verte hoy —comentó Sam a modo de chiste, pues desde que su amigo había llegado había estado en el depósito con Gordon, arreglando la nueva mercancía.
—Salgamos al descanso —indicó él, extendiendo su mano hacia ella. Sam la sujeto y ambos salieron por la puerta trasera del lugar.
Se sentaron sobre unas cajas de madera. Carlos sacó un cigarrillo y lo encendió. Le dio una fumada y se lo pasó a su amiga.
—¿Qué tal la mañana? —preguntó él.
—Bastante normal, aunque —Sam botó el humo—, ¿te acuerdas del sujeto del que te hablé, con el que tropecé ayer?
—Sí. ¿Qué sucede con él? —Carlos sujetó el cigarrillo que le devolvió su amiga y le dio una larga fumada.
—Le he servido un Frappuccino esta mañana.
—¿Qué? ¿Pero qué dices? ¿Cómo rayos sabia donde trabajas? —Carlos abrió los ojos con asombro.
—No lo sabía. De hecho, tuve que hacer algo para que se diera cuenta de presencia —Samanta se encogió de hombros.
—¡Oh por Dios! ¿Qué hiciste? —Carlos la miró, frunciendo el entrecejo.
—Escribí algo en su vaso.
Carlos dio una fumada y soltó el aire de golpe.
—¿Qué rayos le escribiste?
—¿Has tropezado con alguien, hoy? Ya sabes, en relación a lo de ayer.
—¿Y que hizo él? 
—¡Nada! Se giró, me miró y sonrió, una sonrisa encantadora, por cierto…
—¡Basta! No quiero esos detalles —dijo Carlos, interrumpiéndola.
Lo cierto era que Carlos llevaba un par de semana sintiendo algo extraño por su amiga, a quien desde un principio había visto como eso, una amiga. No entendía que rayos le sucedía, tal vez era el hecho de que Samanta comenzaba a comportarse como una mujer de verdad y no como la niñita tonta que hacia todo lo que Alan O’Conell, (el estúpido ex de Samanta, quien no era más que un descerebrado abusivo), le ordenaba. Se sintió aliviado al recordar que su amiga se había librado de esa alimaña, que nada bueno le había aportado a su vida. Tenía problemas de drogas y de ira, ¿pero adivinen qué? Era sexi y tocaba en una banda de rock, además de que era Senior, en una época donde Sam era apenas Sophomore. No había nada más emocionante para una chica del segundo año, que salir con uno de los chicos más populares de la preparatoria.
—Noté algo inquietante en él —la voz de Sam lo hizo regresar al presente. Carlos sacudió su cabeza con fuerza y se concentró en la charla actual.
—¿Qué cosa?
—Parecía estarse escondiendo, llevaba un par de gafas de sol y un suéter de capucha. Me da la impresión de que no quería que lo reconocieran.
—Es lógico, por lo que me contaste ayer y todo el rollo de los fotógrafos… sin duda es una figura pública. ¿De verdad que no lo ubicas?
—No. Hoy tampoco pude verlo bien. Me da la impresión de que no es la primera vez que intenta pasar desapercibido…
—Y lo logra, pues a ti te ha dejado desconcertada.
—¿Sabes qué? También lo noté nervioso.
—Lo que no entiendo, era qué diablos hacia aquí.
—Me dijo que había venido a buscar a un amigo.
—Pues se me hace muy raro, yo que tú, me andaría con ojo, no vaya a ser que sea uno de esos acosadores raros que al final terminan asesinando a las mujeres que acechan.
Los dos amigos se echaron a reír.
—Chicos —la voz de Gordon, desde la puerta los hizo voltear a mirar—. La cafetería se ha llenado, ¿pueden echarme una mano? Megan y Stacy están abolladas. Pueden volver al descanso cuando haya mermado un poco la situación.
Carlos y Samanta se miraron y sonrieron. Por supuesto que ayudarían a Gordon, era lo menos que podían hacer por él.
***** 

Si había algo que le encantara a Dominik, era sentir el sudor corriendo por su frente y por su cuerpo, además de la sensación de sentir su corazón palpitando frenético.
Corría y corría, amaba hacerlo. Era el momento más especial del día, pues se conectaba con sus pensamientos, y esa tarde, justo esa tarde, no podía dejar de pensar en algo específico, o mejor dicho, en alguien.
«¿Pero qué coño es esto?», se preguntó mentalmente luego de su quinto intento fallido por dejar de pensar en Samanta. No podía entender cómo era posible que una chica que apenas había visto un par de veces lo tuviera tan intranquilo. Cerraba los ojos, y allí estaba ella, sonriéndole.
—Una vuelta más y terminamos por hoy. Vayan a descansar, chicos —dijo Ewald, alzando el tono de voz.
Habían transcurrido casi cuatro horas desde que había comenzado el entrenamiento y cada uno de los preparadores físicos habían cumplido con su papel, era el momento de cerrar el entrenamiento con unas cuantas vueltas al estadio. Era un día previo a un juego muy importante y el director técnico no quería exigirle mucho a sus muchachos, solo lo necesario para mantener sus músculos despiertos a atentos para el enfrentamiento del día siguiente.
Mientras uno a uno de sus compañeros iba parando y tomando sus termos de agua para hidratarse, Dominik decidió ignorar la indicación de su entrenador.
—Dominik, ya está bien. Vete a descansar —dijo el ex jugador de futbol, quien era ahora el encargado de preparar a la selección nacional.
—Aún me queda mucha energía, Ewald —dijo Dom en cuanto pasó corriendo por un lado del hombre de cabello cenizo y ojos azules expresivos.
—Pues, te recomiendo que guardes un poco e esa energía para mañana. Jugaremos contra Estados Unidos, y por más que sea, no debemos subestimarlos.
—Serán tres puntos que obtendremos fácilmente —gritó Dominik con suficiencia.
—Nunca subestimes a un rival, Dominik —le respondió Ewald, asomando una amplia sonrisa.
El capitán del equipo continúo corriendo por unos 10 minutos más. Sentía un poco de ansiedad por el inicio del campeonato mundial, y siempre le hacía ilusión usar la cinta de capitán en su brazo, llevaba usando durante los últimos 3 años. 
De repente, el rostro de cierta personita irrumpió en sus pensamientos, otra vez. Debía verla, hablar con ella… algo. Necesitaba saciar esa repentina necesidad que sentía por estar con Samanta. En cuestión de segundos, ideó un plan para escaparse del hotel sin ser visto e ir a entregarle el iPod a su dueña. «Sí, claro, el iPod», pensó y rio divertido. 
***** 

Por fin su turno había concluido y estaba súper agotada, los viernes eran abrumadores. Le hizo una seña a Carlos, indicándole que lo esperaría en el lugar donde guardaban sus bolsos y pertenencias, pero su amigo le indicó que no saldría.
—Horas extras —pudo leer en los labios de Carlos, quien la miraba apenado. 
Sam asintió y fue a buscar sus cosas, de regreso se acercó a su amigo.
—¿Hasta qué hora te quedarás? —le preguntó.
—No lo sé, Gordon me ha pedido que lo ayude y pues…
—Vale. Te esperaré.
—No es necesario, Sam.
Samanta miró su reloj y vio que eran casi las cinco de la tarde y recordó que ese día su hermana iría a cenar en casa de unos amigos, así que no tendría que llegar a preparar la cena.
—Teresa no irá a cenar en casa hoy, así que puedo esperarte un par de horas, así aprovecho para ponerme al día con mi lectura —dijo ella y agitó en lo alto su ejemplar de “Mil millas Nilo arriba” de Amelia B. Edwards.
Carlos sonrió y asintió.
—De acuerdo. Salgo a las 7. ¿Me esperaras?
Samanta le respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Se alejó de su lugar de trabajo y tomó asiento en unas bancas metálicas y se dispuso a leer un rato. Se adentró tanto en su lectura que sólo paraba por momentitos a tomar un sorbo de agua de su termo y continuaba leyendo. La historia la atrapó en cuestión de segundos, y sin darse cuenta, habían transcurrido casi tres horas cuando vio su reloj.
Se levantó de golpe de su butaca y miró en dirección de la cafetería, pero no había señales de Carlos, y se suponía que debía haber salido hacía 15 minutos. Sam se acercó un poco para averiguar por qué su amigo tardaba tanto en salir.
Al mirar con atención, notó que tenían más gente de lo normal a esa hora y estaban saturados en el servicio. Carlos miró a Sam con mucha preocupación es su rostro.  
—¡Lo siento! —pudo leer Sam en los labios de Carlos, quien se le acercó—. Terminaré de atender a estos clientes y saldré.
—¿Cuánto crees que tardes? —preguntó Samanta.
—Como una hora. Si quieres te vas, debes estar agotada de tanto esperarme.
—Te he esperado por casi tres horas, por esperarte una hora más, no creo que me muera —Sam tocó con ternura la mejilla de su amigo—. No me iré. Te esperaré, aunque sea para que vayamos a cenar. Hoy es viernes e invito yo.
Carlos sonrió y sintió que su corazón daba un brinco. De repente deseó poder abrazarla y darle un beso, de esos que roban el aliento, pero sacudió ese pensamiento de su cabeza. Samanta era su amiga, y nada más.
Sam se retiró para dejarlo que terminara su jornada. Se sentó nuevamente en la misma banca donde había estado hacia un momento, y quiso aislarse un rato del ruido que había en el aeropuerto, así que se dispuso a escuchar música. Buscó su iPod en su bolso, pero no lo encontró. Lo buscó con desespero, pero  no estaba, y se le hizo muy extraño, pues no lo había sacado desde el día anterior. Recordaba que lo había metido en el bolsillo de afuera, al llegar a la cafetería. Sin más remedio sacó su celular y se puso los audífonos, no le gustaba usarlo para ori música, pues la batería se descargaba en un santiamén y prefería tener el móvil dispuesto por si su hermana la llamaba, pero ese día hizo una excepción. Subió el volumen a todo lo que daba, para no escuchar nada más que la música. Cerró sus ojos y recostó su cabeza en el espaldar de la  banca. Lo reconoció, estaba agotada, no obstante no se iría sin su amigo.
Mientras tenía sus ojos cerrados y oía la música, pudo sentir que alguien se sentaba a su lado, pero no hizo el mínimo caso, permaneció en su aislamiento momentáneo. Percibió un aroma delicioso que le indicó que era un hombre. Abrió rápidamente sus ojos y no pudo creer lo que veía… era él.
***** 

Un chico rubio de ojos azules y hermosa sonrisa la miraba fijamente. Verlo tan cerca de ella hizo que se le acelerara el corazón. Con un movimiento raudo se quitó los audífonos de sus oídos. 
—Ho-hola —Sam tartamudeó.
¿Cómo describir lo que sentía Dominik en ese momento? Simplemente era indescriptible. Era una mezcla de ansiedad, con nerviosismo y excitación. Ansiedad por saber más acerca de esa chica, nerviosismo por miedo a que alguien lo reconociera y que en cuestión de segundos el aeropuerto estuviese plagado de fotógrafos de la prensa, y por último, excitación por estar haciendo aquello. Había logrado engañar a su publicista con la excusa de que se encerraría en su habitación a descansar y ver películas, cuando en verdad había escapado del hotel disfrazado de camarero. Una vez fuera del hotel se había puesto un suéter negro con capucha y un par de gafas de sol, que llevaba en una mochila improvisada. Aunque fuera de noche los lentes oscuros, siempre le servían para pasar desapercibido.
—Hola —respondió él con una sonrisa amplia—. ¿Qué escuchas? —preguntó él con notoria curiosidad, haciendo un gesto para tomar un auricular.
—Amm, pues algo de música clásica.
—¿A quién esperas? —lanzó otra pregunta, y se asemejó a un niño pequeño, de esos que hacen preguntas acerca de todo.
—A un amigo —Sam farfulló mientras miraba hacia la cafetería, tratando de evitar cualquier contacto visual con Dominik. Esos ojos azules la intimidaban.
En ese momento, Samanta se percató de que era la primera vez lograba verlo bien y detallarlo. Una vez más sintió esa sensación de familiaridad, sabía que había visto ese rostro en algún lado, pero no lograba ubicarlo.
—¿Te gustaría caminar un rato? —Preguntó él y Sam se giró hacia él, totalmente asombrada por la propuesta—. Mientras llega tu amigo —Samanta frunció el ceño, inconscientemente—. ¿o prefieres esperarlo aquí sentada? — inquirió él. Sam asintió con su cabeza y se levantó de la banca, aceptando la invitación. Le hizo un gesto a Dominik para que se levantara también de la banca. 
—¿Vamos? —lo apremió ella.
Dominik se quedó inmóvil, era como si su cuerpo y mente se hubieran desconectado. Tuvo que esforzarse mucho para levantarse del asiento. No entendía como rayos esa chica lograba hacerlo sentir como un neandertal sin raciocinio. Ella era como un imán que lo atraía sin ningún esfuerzo.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en Starbucks? —fue lo primero que se le vino a la mente a Dominik.
—Este lunes que viene cumpliré siete meses —respondió Samanta con total naturalidad.
Dominik caminaba manteniendo la cabeza gacha, no quería correr con el riesgo de que alguien lo reconociera.
—¿Y qué haces, además de trabajar en la cafetería? —Dom tuvo que girarse un poco para evitar la mirada de una turista que lo veía fijamente. «¡Mierda! Por favor, que no me reconozca», rogó en su interior.
—¿De quién te escondes? —Sam soltó la pregunta al notar el raro comportamiento del hombre. Él caminaba tratando de evitar ángulos en los que las cámaras de vigilancia del aeropuerto pudieran captarlos, además que caminaba cabizbajo, y con las manos en los bolsillos de su suéter.
—No. No me escondo de nadie. ¿Por qué dices eso? —Dominik levantó su mirada y volvió a ponerse sus lentes oscuros.
—Sí. Debajo de esa capucha y detrás de esas gafas de sol —puntualizó ella.
—La capucha es porque tengo un poco de frío y los lentes porque soy sensible a la luz —dijo él con total naturalidad. Dominik poseía el don de la palabra, era convincente hasta la medula, pero en Sam no tuvo ese efecto.
—No soy tonta, ¿Dominik? ¿Es así como te llamas, cierto? —Él asintió levemente con la cabeza—. Estas tratando de pasar desapercibido. ¿Por qué?
—¿En verdad no tienes ni idea de quién soy? —contestó Dominik con otra pregunta. 
Sin poder evitarlo se sintió un poco decepcionado. ¿Cómo era posible que esa mujer no supiera de él? Había estado apareciendo en los comerciales de Pepsi, Adidas, Rexona, Gillette y Ray-Ban, durante los últimos 3 años. Su rostro adornaba miles de vallas publicitarias alrededor del mundo entero.
—Pues con el disfraz puesto, no puedo reconocerte —se mofó ella.
Dominik se rio a carcajadas ante en apelativo que había usado ella. No podía negarlo, estaba disfrazado para que no lo reconocieran y al parecer lo había logrado con ella.
»Lo cierto es que eres un personaje público —agregó ella—, de lo contrario no estarías comportándote como una estrella de rock al salir de su propio concierto.
«Es lista, muy lista, sin ninguna duda», pensó él.
—Bueno, realmente la mayoría de mi público es masculino. Es muy raro que una chica se interese en lo que yo hago.
—¿Acaso eres actor porno? —Samanta se detuvo en el acto y recordó aquella noche en casa de Carlos, que visitaban perfiles al azar en Facebook, “buscándole” una chica a su amigo y que de repente un montón de ventanas emergentes se habían abierto, invitándolos a visitar páginas de contenido pornográfico. La curiosidad de su amigo lo había animado a clicar una y se habían metido en una página donde sin poder evitarlo habían estado viendo algunos videos. 
«Eso es. De allí es que se me hace conocido», pensó Samanta y sintió que los colores subían a su rostro.
Dominik rio a carcajadas ante tal ocurrencia, además por la cara de espanto de la mujer a su lado.
—No. No soy actor porno —aclaró de inmediato—. Además, según un estudio realizado recientemente, el 90% de las mujeres si se interesan, y mucho, por la pornografía. Agregado a esto, si fuera actor porno no podría decir que las mujeres no se interesan en lo que hago, pues a todo el mundo le gusta el sexo.
A Sam le pareció muy osado ese comentario, apenas llevaba unas horas conociendo ese sujeto y ya estaba hablando de sexo. Por otro lado, a Dominik le parecía de lo más trivial la conversación, pues siempre estaba acostumbrado a decir lo que pensaba y a importarle un comino como lo tomara el resto de la gente que lo rodeaba. Así era, sin filtro.
Samanta trago grueso y se vio obligada a carraspear su garganta antes de hablar.
—¿Entonces qué haces? —preguntó ella, con notable afán.
—Algo de deporte —contestó él, queriendo restarle importancia al asunto. No tenía deseos de ahondar en él. Quería saber de ella.
—¿Y además de trabajar, que más haces? —inquirió Dominik.
—Por ahora solo trabajo. En un par de semanas sabré si aprobé la prueba para UCLA o si mi sueño se hará realidad.
—¿Tu sueño? —él la miró con detenimiento.
—Desde que era muy niña, he soñado con estudiar en…
—¡Santo Dios! Hoy ha sido un día de locos —la voz de alguien, que llegaba repentinamente, interrumpió la conversación. Sam se giró hacia la voz y miró a su amigo—. Gordon tiene que viajar pasado mañana a Nueva York y me estaba dando las instrucciones para manejar la cafetería durante los tres días que estará afuera —continuó hablando Carlos.
—Dominik, él es Carlos, mi mejor amigo —dijo Sam de inmediato.
—Un placer —Dom extendió su mano hacia Carlos. 
Sin embargo, el recién llegado se quedó petrificado, sin emitir ni una palabra. Clavó su mirada sobre Dominik y sus ojos se fueron abriendo cada segundo un poco más.
—¿Carlos? ¿Te sucede algo —Samanta se sintió preocupada por la conducta de su amigo. Parecía que estuviera sufriendo un derrame cerebral.
Dominik lo supo, y maldijo mentalmente. Lo había reconocido. Sintió ganas de salir corriendo, pero se contuvo. Había regresado al aeropuerto con el objetivo de obtener al menos el número telefónico de Samanta, y no se iría sin tenerlo. Miró al sujeto que lo observaba con total excitación y sonrió con timidez, encogiéndose de hombros.
—Dominik “The Bullet” Weigand —balbuceó Carlos.
—¿Qué? —Sam se sintió confundida—. ¿Se conocen?
—¿Estás de broma, Sam? ¡Es La Bala! ¡Dominik Weigand! —Carlos levantó la voz sin querer y algunas personas que pasaban miraron en dirección a ellos.
—Por favor, baja la voz —solicitó el aludido.
—Hombre —el recién llegado se llevó las manos a la cabeza, sin terminar de creer lo que veían sus ojos.
—No entiendo nada —comentó Samanta, alternado la Mirada entre su amigo y Dominik.
—¡Oh vamos, Samanta! Mo me digas que no lo reconoces —dijo Carlos. Samanta miró con detenimiento al hombre que estaba a su lado—. Es Dominik Weigand, el jugador más valioso de la temporada, el más cotizado. ¡Es una jodida leyenda viviente! —Carlos agitó sus brazos en lo alto, dándole énfasis a sus palabras.
Dominik se sentía apenado y muy incómodo, pues no le gustaba ser el centro de atención.
—Creo que lo mejor será que me vaya —masculló Dominik—. Antes que alguien más me reconozca y esto esté plagado de corresponsales de prensa en cuestión de segundos.
Samanta sentía que las neuronas de su cerebro no hacían sinapsis, no lograba procesar tanta información, así de sopetón.
—Lo que hiciste en la final de la Champion… —Carlos siguió hablando, parecía un niño pequeño frente a uno de sus más grandes ídolos—, fue ASOMBROSO, como hiciste ese tiro y como lograste engañar al portero en ese penalti.
—Ha sido un placer verte, Samanta —dijo Dom con voz trémula—. Ha sido un placer conocerte, Carlos —lo miró a él, con notable incomodidad reflejada en sus ojos.
Samanta todavía estaba en shock, pero de repente, de su boca salieron unas palabras, una combinación de números.
Dominik frunció el ceño.
—¿Qué? —preguntó.
—Es mi número telefónico —ella lo miró a los ojos y no pudo evitar sonreír como tonta.
Le había parecido de lo más tierno, el hecho de que Dominik hubiese preferido mantenerse bajo perfil, ocultando su verdadera identidad. Muy habría podido abordarla diciendo quien era y engatusarla con la imagen del chico famoso, codiciado y deseaba por miles de mujeres, pero no lo había hecho. Y eso le encantó a ella, no quería perder el contacto con él. Es ese momento se aferró a la tonta posibilidad de que él la llamaría.
Dominik sacó su móvil de inmediato y anotó el número que Sam le había indicado, sintiéndose victorioso por haber logrado su cometido.
—Me tengo que ir, debo ir a descansar —dijo Dominik sin poder quitar sus ojos de la linda chica que lo miraba.
—Buenas noches —susurró ella.
Dom miró a Carlos y asintió con la cabeza.
—Hasta luego —dijo.
—Descansa hombre, mañana tienes que darlo todo. Machácalos —respondió Carlos.
Dominik sonrió ante el comentario, tomó una gran bocanada de aire, se giró y se encaminó hacia la salida del aeropuerto.
Sam lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista, un codazo le hizo poner los pies sobre la tierra.
—¿Lo que acaba de suceder fue real? 
Samanta no pudo contener la risa, su amigo era todo un personaje. Su pasión por el futbol era inmensa, y se lo había demostrado una vez más.
»¿Cuándo coño pensabas decirme que era Dominik Weigand con quien habías tropezado ayer? —continuó Carlos.
Samanta sacudió con fuerza su cabeza, obligándose a reaccionar.
—Me acabo de dar cuenta de eso ahorita —respondió ella.
—¡No me jodas, Sam! Su rostro adorna esa valla —Carlos apuntó con su dedo en dirección a un inmenso cartel que estaba en lo alto de la entrada de una tienda de artículos deportivos.
—¡Ya decía yo! Su cara me sonaba de algo —farfulló ella.
—Has visto toda la temporada de pre-eliminatorias del mundial, conmigo, sin mencionar la Champion League —Carlos estaba escandalizado.
—Corrección. Te acompañaba, mientras leía. Sabes que no me apasionan los deportes —contestó su amiga—. Discúlpame por no reconocer a un astro del futbol.
—¿Y que ha sido eso? —Carlos no pudo evitar sentirse algo, ¿celoso? Por la conducta de su amiga.
—¿De qué hablas? —Sam no entendió la pregunta.
—Les has escupido tu número telefónico como fueses la presentadora de la lotería.
Samanta rio a carcajadas por la analogía de su ocurrente amigo, y recordó que le había dado su número a él, y lo mejor de todo era que no se arrepentía de hacerlo. Era cierto que no lo conocía, pero moría de ganas por hacerlo.
—Vámonos de aquí —dijo Sam—. Muero de hambre, Busquemos un sitio donde comer.
Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el área de comida del aeropuerto.

***** 

Una mezcla de sentimientos se arremolinó en el pecho de Dominik mientras se acercaba a un grupo de taxis. Por primera vez en su vida se sentía impotente y con ganas de ser alguien más. Desea quedarse un rato más, charlar con Samanta, conocer más a Carlos, pues le había parecido un chico bastante agradable. En ese momento, deseó ser normal, como el resto de los transeúntes que caminaban por la calle, poder salir a dar un vuelta cuando le apeteciera, sin sentirse vigilado por miles de personas. 
—¿Necesita un taxi, caballero? —preguntó un hombre regordete de piel morena y frondosa barba. 
Dominik asintió con la cabeza, llevándose las manos a la cabeza para ajustar su capucha y luego asegurarse de tener bien puestas las gafas de sol. El taxista abrió rápidamente para que Dominik se subiera, y él lo hizo de inmediato, sin siquiera reparar en mirar al sujeto que se ofrecía a llevarlo a cambio de unos cuantos dólares.
»¿A dónde lo llevo, señor? —preguntó el dueño del taxi al subir al auto.
—Al JW Marriott —contestó Dominik, manteniendo la cabeza gacha para no arriesgarse que el sujeto lo reconociera al mirar por espejo retrovisor.
—Enseguida —indicó el conductor y puso el auto en marcha.
Fueron casi 50 minutos de camino, en los cuales la cabeza de Dominik era un completo caos. Los pensamientos lo abrumaban y no le permitían razonar con claridad, iban desde la sonrisa de Samanta hasta la última jugada que había entrenado para el partido del día de mañana. Trató de concentrarse en el juego que le tocaba jugar al día siguiente, pero era inútil, los ojos de Samanta irrumpían en sus pensamientos, impidiéndoselo.
El conductor miró un par de veces por el espejo retrovisor y en una ocasión había jurado que quien iba en el asiento de atrás era alguien que había visto antes. Su cerebro trató de hacer las conexiones necesarias para determinar de quien se trataba, pero abandonó sus intentos al ver como el pasajero se ponía una chaqueta que dejaba en evidencia que era empleado del hotel al cual había pedido que lo llevaran. Al fin de cuentas, el taxista pensó que se trataba de un parecido a alguna celebridad, con tal, la ciudad estaba llena de ellas.
El auto se detuvo frente a un imponente edificio, y a Dominik le tomó una par de segundos percatarse de que ya había llegado a su destino. Pagó lo que le solicito el taxista y bajó del coche sin perder tiempo. Rápidamente buscó en la mochila que llevaba, el resto del uniforme de camarero que había utilizado para salir. Con suerte lograría pasar entre el par de reporteros de Fox Sport que yacían en la entrada del hotel. Entró de prisa sin mirar a los lados, caminando veloz hacia el ascensor. Por suerte no había mucha gente en el lobby, así que la tarea se le hizo sencilla.
En cuanto estuvo frente al elevador, sacó su tarjeta de acceso VIP, pues el piso donde se alojaba había sido reservado exclusivamente para la selección alemana, la italiana y la francesa. Las demás se encontraban dispuestas en los siguientes niveles superiores. Así lo había solicitado la FIFA, ya que no querían que ninguno de los jugadores, entrenadores, directores técnicos y asistentes, fueran molestados por nada ni nadie.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron y la caja metálica comenzó a ascender, Dominik se deshizo de su “disfraz”, regresándolo al interior de la mochila que llevaba a cuestas, de la cual saco un pote de agua, con la cual se mojó la frente y parte de su camiseta, para simular sudor. En caso de que alguien lo viera llegando, mentiría diciendo que había ido a correr un rato.
Las puertas se abrieron y Dominik se asomó con cautela para cerciorarse que no hubiese nadie en el pasillo, y una vez verificado que no había moros en la costa, salió casi corriendo hacia la habitación que le habían asignado, deslizó su tarjeta por la ranura y la puerta se abrió.
Dominik dejó escapar un suspiro en cuanto estuvo dentro de su habitación y agradeció mentalmente el hecho de que nadie lo hubiese visto llegar. Encendió la luz y dio un salto al ver la silueta de un hombre sentado en el sofá que había a un lado de la ventana.
—¿Dónde estabas? —la voz de Friedrich hizo que todos los vellos de su cuerpo se erizaran.
—Ehhm… hola Friedrich, he salido a correr un rato —Dom titubeó.
—Llevo tres horas esperándote. Te llamé repetidas veces y no contestaste ninguna de mis llamadas —el hombre sonaba realmente molesto.
—Lo siento, debí haberme… distraído —se excusó Dominik.
—Ya veo… —Friedrich se puso de pie—. Descansa, mañana será un día muy largo. Sería una pena total que la copa se te escapara de las manos, luego de que has luchado tanto por llegar hasta ella.

***** 

Lo primero que hizo al salir de la habitación, fue soltar una gran bocanada de aire y cerrar sus ojos con fuerzas, para reprimir todas esas ganas, casi sobrehumanas, de gritárselo en la cara, decirle a Dominik todo lo que sentía.
No había sido cruel con sus palabras solo por ser, sólo quería que Dominik se sintiera un poco mal y así drenar un poco el malestar que sentía él mismo.
Friedrich se sintió miserable e impotente por no poder ser sincero consigo mismo y confesarle a su mejor amigo todo lo que sentía. Lo amaba desde que eran niños y había tenido que vivir a la sombra de una amistad que se debía conformar con un abrazo o un “bien hecho, amigo”. Era frustrante y estaba a punto de estallar, pero no se atrevía a dejarlo. Pensar en no verlo siquiera era algo que le aterraba, por lo tanto tendría que seguirse conformando con el cariño fraternal que le ofrecía el hombre por el que perdía el aliento.
«Falta poco, Friedrich», se dijo mentalmente para alentarse.
Había decidido que se lo contaría a Dominik después del mundial de futbol, y que sucediera lo que tenía que pasar. Si su amigo no sentía lo mismo, al menos habría sido valiente para decirlo, tan sólo esperaba que tal confesión no se llevara al garete la amistad que tenían. Ahora, si Dominik daba indicios de sentir algo más que una amistad, eso sería otra historia.
Friedrich guardaba un halo de esperanza, pues su amigo lo trataba de una manera muy especial. Además de que Dominik nunca se había mostrado interesado de verdad por una mujer, las pocas que habían pasado por su cama no habían pasado de ser “la novia del momento” o “el amor del verano”. Dom era muy cariñoso con sus compañeros de selección y eso lo había observado el publicista.
Sonrió al recordar su último cumpleaños y como Dominik le había obsequiado un fin de semana en las islas del caribe. E par de amigos se habían divertido de lo lindo nadando, comiendo mariscos y practicando windsurf. Friedrich había deseado más de una vez dormirse entre los brazos de Dominik o perderse en sus labios, pero no había intentado hacer un avance, por miedo al rechazo. Perderlo sería lo más horrible que le podría pasar, y de tan solo pensarlo le daba pánico.

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