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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Dulce Tragedia - Capítulo 1







 Sinopsis:

Samanta y Dominik cruzaran sus vidas de una manera bastante peculiar. Ambos son de mundos muy distintos, sin embargo eso no los limitará a la hora de amar.
Dominik “The Bullet” Weigand, astro del futbol. Es el jugador más cotizado de la temporada.
Samanta Andrade, una chica normal. Su único deseo es estudiar arqueología en una prestigiosa universidad del Medio Oriente.
Dos polos completamente opuestos que se complementaran, hasta que el mundo entero se empeñe en separarlos.
No obstante, hay vínculos que ni el tiempo ni la distancia pueden romper.
Cuando algo está destinado a suceder, sucederá.
¿Será eso cierto?

LANZAMIENTO OFICIAL
14/02/2017

SafeCreative

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Capítulo 1

Múnich, Alemania.

De todas las cosas que no le gustaba hacer, salir de la cama era una de ellas, pero debía hacerlo, pues la alarma del reloj era desesperante, We Are The Champions se había convertido en la canción que más odiaba en el mundo. Esa mañana, como todas, se arrepintió de haber seleccionado la melodía de Queen. Si había una forma de aborrecer una canción, era poniéndola de alarma para despertar. Pero vamos, que no todo era malo, al menos si despertaba de mal humor o con desanimo, la voz de Freddy Mercury le recordaba que era un campeón. 
Dominik Weigand con sus 24 años de edad, se había convertido en el jugador más cotizado de la temporada. Los críticos deportivos lo habían apodado como “The Bullet”, porque era imparable a la hora de marcar un gol. 
Aunque era toda una celebridad, él trataba de no actuar como tal —como si hacerlo fuese tarea fácil—. Debía rechazar invitaciones a fiestas salvajes y alocadas todo el tiempo, pues la manera en que había sido criado era muy diferente a la del resto de sus compañeros de selección. Desde muy pequeño, su padre le había enseñado el arte de la disciplina y desde que tenía 5 años de edad, el futbol se había convertido en su vida. Practicaba 8 horas diarias y había desarrollado una condición física envidiada por los mejores.
Ese día no sería diferente, su jornada no sería distinta a la que había tenido durante los últimos tres meses. El mundial estaba a la vuelta de la esquina y había incrementado sus horas de entrenamiento a 12 por día. Su entrenador le había dicho que debía tratar de relajarse un poco, pero Dominik no podía hacerlo. Ganar la copa del mundo, junto a la selección alemana, lo consagraría como uno de los mejores de la historia, compartiría el salón de la fama junto a grandiosos hombres, como lo eran Franz Beckenbauer, Jurgen Klinsman y Gerd Müller, a quienes admiraba desde que era un pequeñín con el sueño de jugar con la selección nacional. 
Con los seis títulos de club obtenidos con el FC BAYER MUNICH, destacando dos Champion League ganadas consecutivamente y una Eurocopa el mismo ese mismo año, lo único que hacía falta era levantar una Copa del Mundo. Sin duda, esa sería la guinda de su pastel. En unos diez años se jubilaría siendo una leyenda, el futbolista más joven de la historia en lograr esa tripleta. Eso era todo lo que quería. 
De acuerdo, salir de la cama era una proeza para Dominik, pero siempre lo lograba. En cuanto colocaba un pie sobre el suelo, era como si algo se activara dentro de él. Friedrich Treadaway, su publicista y amigo decía que si no hubiera sido porque había estado presente el día que Dominik se desvaneció durante uno de sus entrenamientos y que había presenciado como un paramédico introducía una agua en su brazo, a fin de inyectarle solución fisiológica, juraría de Weigand era un robot, pues a veces reaccionaba como una máquina, mecánico y metódico, aunque para nadie era un secreto que Dominik contaba con un autismo leve o lo que algunos llamaban Asperger, pero a él no le gustaba que usaran ese término con él, no después de ver que dicha condición había comenzado a tratarse como una moda y no como lo que era realmente.
Le habían diagnosticado dicha condición cuando tenía 12 años. El médico había puntualizado que él era un caso especial, pues normalmente, quienes tenían el síndrome no se interesaban en los deportes ni ninguna actividad que fuese grupal, pero hasta en eso era raro Dominik, siendo la excepción de la estadística.
Para Dominik era lamentable que muchas personas dijeran ser Asperger sólo porque eran gente muy arrogante, grosera y de muy mala actitud. Usaban la palabra “trastorno” como si de la palabra “genialidad” se tratara. Sin duda, Dominik creía firmemente que los trastornados eran quienes creían ser una edición limitada de Weizenbock y no eran más que una simple y común Heineken.
Terminó de vestirse y tomó su iPod. Antes de salir de su habitación, se miró al espejo, el conjunto deportivo que le había enviado Adidas era espectacular, de color negro con rayas azul neón. Agradeció una vez más al hombre que invento la tela supplex, era una delicia para entrenar.
El sonido de un par de silbidos, provenientes de sus auriculares, le indicó que su rutina diaria había comenzado. Una sesión de footing, mientras Engel de Rammstein sonaba a todo volumen, era ya una costumbre para él.
Corría a toda velocidad, a la vez que gotas de sudor caían por su frente y brazos. A medida que las endorfinas y la serotonina aumentaban en su cuerpo, su deseo por correr más y más también aumentaba. Amaba la sensación de sentir el viento en su cara y el corazón latiendo a mil por hora.
Habían transcurrido casi dos horas cuando decidió regresar a su casa.
Al llegar pudo notar que un coche negro estaba aparcado frente a la entrada. No tardó en darse cuenta que era el auto de su amigo Friedrich, quien se acercaba a él.
—Espero que lo tengas todo listo —comentó el recién llegado.
—Casi —fue la escueta respuesta de Dominik.
—¿Casi? —el hombre lo miró con el ceño fruncido—. El avión sale a las 4 en punto. Por lo que más quieras, trata de estar listo a tiempo.
—Siempre estoy listo a tiempo.
—¡No me digas! He tenido que llamar a Ewald, las últimas 5 veces, para que nos esperen.
—Ellos nunca se irían sin mí —dijo Dominik y abrió la puerta de la entrada.
Ewald Metzler era el director técnico de la selección alemana, además de ser uno de los pocos seres en el mundo que lograban tolerar a Dominik, pues era muy frecuente que Don, como le decían algunos compañeros, se comportara como toda una Diva, pero no era su culpa, su condición lo hacía muy susceptible al ruido, a cambios repentinos de clima y al contacto físico con otros compañeros, por lo tanto, nadie podía obligarlo a adaptarse al entorno, el entorno debía adaptarse a él.

*****

Faltando 20 minutos para las 4, Dominik aún se encontraba en su habitación. Miraba por la ventana y aunque parecía obnubilado con el paisaje, solo tenía cabeza para pensar en las nuevas estrategias que había ideado el director técnico. No estaba del todo convencido con algunos movimientos y se lo diría a Ewald apenas lo viera…
—¿Estás listo? —Friedrich se asomó por la puerta.
—No estoy de acuerdo con que Delch me haga la asistencia. Quiero ir a buscar el balón —soltó Dominik.
—¿De qué coño estás hablando?
—Me parece mejor idea que sea Brauer el recuperador. Me entiendo mejor con él.
Friedrich levantó una ceja al comprender que era lo que decía Dominik, una vez más, como de costumbre, estaba desestimando el trabajo de Ewald. Siempre lo hacía, pues nunca estaba del todo de acuerdo con el director.
—Díselo a Ewald cuando lo veas. Vámonos. Se nos hace tarde.
Ambos tomaron sus maletas y sin perder tiempo, se dirigieron al aeropuerto.
En el camino, ninguno de los dos habló. Dominik estaba ensimismado en sus pensamientos. Desde ya, había comenzado a enfocarse en su objetivo. La copa del mundo se estaría disputan durante el mes entrante. Estados Unidos sería la cede del campeonato y él no podía pensar en otra cosa: «Esa copa será mía». Friedrich lo conocía a la perfección y sabía que Dominik se ponía de muy mal humor si interrumpían sus pensamientos.
Como era de esperar, caras largas le dieron la bienvenida al interior del avión privado, exclusivo para la selección alemana de futbol.
Y como era de esperar, a Dominik no le importó, 30 minutos tarde no significaban el fin de mundo.
Dejó su bolso de mano en uno de los asientos, agitó su mano en el aire, saludando a sus compañeros de equipo y prosiguió a sentarse al lado de Ewald, lugar que ocupaba en todos los vuelos, durante los últimos dos años.
—Tarde. Como siempre —dijo el hombre de aproximadamente 50 años.
—Creo que es conveniente reestructurar la jugada de Delch y que sea Brauer quien me asista —dijo Dominik sin más.
Ewald lo miró, con total confusión.
—¿De qué hablas? —preguntó y le lanzó una mirada fugaz a Friedrich, quien había acompañado a Dominik en todos sus viajes durante el presente año, a petición de este último.
—Ha estado pensando en eso durante toda la tarde —contestó el publicista.
—Hablaremos de eso cuando lleguemos. Por ahora, relájate y descansa, necesitas todas las energías posibles —dijo Metzler, con ese típico tono paternal.
Desde la muerte del padre de Dominik, hacia 10 meses atrás, Ewald había adoptado ese rol, pues a pesar de que Dominik podía llegar a ser insoportable, algunas veces, eran un excelente ser humano y ni hablar de su dedicación par con la selección.
No era común que lo hiciera, pero Dominik le hizo caso. Se recostó y se puso cómodo para el largo viaje que le esperaba.
*****

Aeropuerto LAX, Los Ángeles, California.

Un par de ojos café, miraban con desespero el reloj, como si su poder mental fuera a hacer que los segundos pasaran más deprisa. Había decidido trabajar medio turno. Los viernes eran de bastante movimiento en Starbucks y se lo debía a Gordon, por haberla dejado irse temprano los últimos 4 días, pues había estado estudiando muy duro para presentar su Examen de Evaluación Académica, o mejor conocida como SAT por sus siglas en inglés (Scholastic Assessment Test). En un par de minutos tendría que salir corriendo de allí y subirse al primer taxi que encontrara para lograr llegar a tiempo a la universidad. Ese era su plan b. Había decidido aplicar para estudiar Arte y Arquitectura en UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) como segunda opción —y la más realista—, después de haber enviado una solicitud para estudiar Egiptología en la Universidad de El Cairo. Ella sabía lo difícil que era ser admitida en dicha universidad, por esa razón había decidido irse por lo seguro, aunque su verdadera pasión fuese la arqueología. Desde pequeña había soñado con explorar las pirámides y descubrir momias ancestrales, pero esas ilusiones habían quedado relegadas con el paso de los años. No obstante, no perdía nada con intentarlo.
En el aeropuerto era un día ajetreado, la gente iba y venía, caminaban apresurados por salir de allí. Lo típico del LAX de Los Ángeles. Ese día parecía haber más movimiento de lo normal y era de esperarse, pues en un par de días daría comienzo un evento que lograba reunir a millones de personas, todos con una misma pasión.
La copa mundial de fútbol se estaría disputando próximamente y Estados Unidos era la cede. Todo el mundo hablaba de eso. 
El Centro StubHub de Los Ángeles había sido el elegido para la ceremonia de apertura y partido inaugural, el cual estaba previsto que se diera entre Estados Unidos y Alemania.
Ella sabía todo eso por Carlos, su mejor amigo, quien era un fanático del deporte.
Carlos y ella eran muy buenos amigos desde hacía 4 años atrás. Samanta había llegado al país cuando su hermana mayor, Teresa, quien había obtenido la nacionalidad americana al casarse con un hombre norteamericano, había pedido a su hermana desde México, donde vivían los padres de ambas, luego de considerarlo, pues nunca había logrado tener hijos y se sentía muy sola después de que su marido muriera en Afganistán, en el frente de batalla.
 A Samanta le hizo mucha ilusión ir a vivir con su hermana, además de que las probabilidades de poder estudiar lo que ella tanto había soñado, eran más elevadas.
Sam y Carlos habían comenzado a interactuar en el noveno grado, al descubrir que ambos eran vecinos. Carlos vivía con su madre a tres casas de la casa de Teresa. Desde ese entonces eran inseparables, a tal punto, que siempre que buscaban empleo temporal, lo hacían juntos. Así fue como comenzaron a trabajar en el mismo lugar, hacia 5 meses.
Samanta, como siempre, no podía evitar escuchar a los clientes mientras servía sus cafés. Escuchaba como hablaban de lo que habían hecho en su último viaje de negocios, lo mucho que extrañaban a sus familiares y lo agotados que estaban después de largos viajes.
—¿Samanta? —la voz de su amigo la hizo girar—. Ya es hora. Debes irte o llegarás tarde.
Al ver el reloj, se dio cuenta que los minutos habían transcurrido con rapidez.
Se quitó su delantal e hizo una señal a Gordon, su jefe, para decirle que ya había llegado la hora de irse. El hombre asintió con la cabeza y articuló algo con los labios. Sam no lo escuchó, pero entendió a la perfección.
“Buena suerte”, había dicho él.
Tomó su bolso, recogió sus cosas y se despidió de algunos compañeros. Carlos le brindó una gran sonrisa y le dio un fuerte abrazo, agregando:
—¡Lo lograrás! —él creía ciegamente en su amiga.
—Gracias —dijo Sam y le devolvió el abrazo, con la misma intensidad.
*****

Finalmente, después de casi 13 horas, el vuelo proveniente desde el Aeropuerto Internacional de Múnich arribó sobre suelo americano y en cuestión de segundos, el comité de recibimiento de la FIFA se había desplegado por todo el lugar.
Dominik miró por la ventana y pudo apreciar la gran cantidad de personas que los esperaban, desde reporteros hasta fanáticos.
Uno a uno fue bajando del avión. Dom se quedó sentado en su asiento, esperando que todos bajaran, siempre lo hacía. Le gustaba ser el último en bajar, tanto del avión como del autobús.
A él no le gustaba caminar detrás de sus compañeros, pues sentía que era una oveja siguiendo el rebaño, así que siempre quedaba renegado del resto. Muchas veces, eso lo había ayudado a pasar desapercibido. 
Sacó su iPod del bolsillo de su chaqueta y se puso los auriculares, mientras le daba todo el volumen a Faint de Linkin Park. No podía evitarlo, amaba su música, la música que lo había marcado en la adolescencia. Se puso la capucha y continuó el camino.
Friedrich iba tan ajetreado cargando el bolso de Dominik y charlando con Ewald acerca de la nueva campaña Adidas y del hecho de que querían que Dominik fuera la imagen exclusiva de la misma, que por un momento se olvidó que tenía que estar pendiente de su amigo. Se detuvo en seco al darse cuenta que éste no caminaba a su lado, ni detrás de él.
—Mierda —dijo entre dientes.
—¿Qué sucede? —preguntó Ewald.
—Dominik —farfulló Friedrich.
El director técnico miró a ambos lados, buscando algún indicio de su jugador estrella, pero había tanta gente y luces de cámaras por doquier, que abandonó su intento de búsqueda enseguida.
—No te preocupes. Lo esperaremos en el bus.
El publicista tomó una gran bocanada de aire y miró al techo, rogando por el día en que Dominik se comportara como una persona normal.
A unos cuantos metros de distancia, un par de ojos azules observaban a su amigo. Dominik no pudo evitar reír ante la escena. No entendía como logaba sacar de sus casillas a Friedrich con tanta facilidad. A esas alturas, era para que ya estuviera acostumbrado, pues lo hacía siempre. Nunca le había gustado la atención mediática y siempre que podía, huía de ella.
Se giró de golpe, para proseguí su camino y salir del aeropuerto, pero no se percató de algo.
Alguien impactó contra él y cayó de bruces contra el suelo.
Dominik abrió los ojos al percatarse que se trataba de una mujer.
*****

Samanta cayó al suelo al impactar con... «¿Un poste?», pensó ella. Sin embargo tuvo que mirar de nuevo para cerciorarse. Se dio cuenta de que el motivo de su caída había sido un hombre, quien al parecer, media lo mismo que un poste. Era gigantesco.
Ella se había entretenido viendo a la multitud de personas que estaban aglomeradas en torno a la selección de futbol que acababa de llegar y se había estado burlando, mentalmente, de las chicas que daban saltitos y gritaban como posesas ante la presencia de un montón de hombres sudorosos, que de seguro la única neurona buena que les quedaba en el cerebro, solo les servía para diferenciar una proteína de una caloría.
—¡Oh! Lo siento mucho. ¿Estás bien? —preguntó el hombre. Había mucha preocupación en su voz. La voz del sujeto era tan masculina, que hizo que Sam se olvidara que estaba tendida en el suelo. Él extendió su mano para ayudarla a parar, preguntando de nuevo—, ¿Estás bien? ¡Lo siento! No te vi venir.
Ella agitó levemente su cabeza. 
—Estoy bien. Ha sido mi culpa, fui yo quien no se fijó por donde iba.
Una vez de pie ella bajó la mirada hacia el suelo y pudo ver algunas cosas desparramadas en el piso. Ambos se agacharon para recoger sus pertenencias.
Dominik no pudo evitar mirar a la chica con detenimiento, era preciosa.
—¿Sucede algo? —preguntó Samanta al notar que el desconocido la miraba fijamente.
—Eres muy linda —soltó Dominik sin más.
Sam abrió los ojos con asombro ante la osada confesión.
Don maldijo mentalmente esa sinceridad que lo caracterizaba, esa que le hacía decir todo lo que pensaba.
Samanta no pudo hacer caso omiso a lo que veían sus ojos. Aunque el hombre llevaba capucha y no podía detallarlo muy bien, pudo ver el azul intenso de los ojos de la persona frente a ella. Tenía rasgos muy varoniles y lo que más llamó su atención, era que tenía una boca carnosa, unos labios perfectos para besar. Al pensar en eso, no pudo evitar morderse el labio.
Dominik soltó una ligera carcajada ante el gesto de la chica, pues él sabía de sobra el efecto que causaba en las féminas.
Samanta agitó su cabeza con fuerza al darse cuenta que estaba fantaseando con un sujeto que ni siquiera conocía. Se irguió de golpe y él también lo hizo.
«¡Madre mía! Le llego al pecho», pensó ella al constatar que el hombre era altísimo. Miró nuevamente ese rostro y ese segundo vistazo le hizo notar cierta familiaridad. Era como si ya hubiese visto ese rostro en otra parte. «¿Pero, dónde?».
Normalmente, a Dominik no le gustaba que lo miraran mucho, pero esos hermosos ojos café que lo observaban, le trasmitían una paz absoluta. No tardó mucho en darse cuenta que la chica tendría unos escasos 20 años —o menos—, pues su apariencia era muy juvenil.
—Es él…
Una voz lejana la hizo espabilar.
—Allí está —una chica señaló en dirección a Samanta y Dominik.
Dominik soltó una palabrota en alemán, “mierda”, para ser más específicos.
Samanta frunció el ceño y se limitó a quedarse quieta, mientras el hombre parecía querer salir corriendo, pero no puedo, en cuestión de segundos, el sujeto estaba rodeado de mujeres y reporteros de la prensa.
«Pero, ¿qué coño?». Samanta no entendía nada.
Ella miraba con confusión todo lo que sucedía y no comprendía porque la gente se comportaba así. Gente tomaba fotos y más gente aparecía de la nada, aglomerándose alrededor de ese hombre. Él trataba a todos con amabilidad y bondad, a todos le daba autógrafos y se hacía fotos con cada uno. 
Poco a poco, Sam se fue alejando del lugar, a medida que llegaban las chicas, dando pasos lentos hacía atrás…
—Mis amigas jamás me van a creer que me tome una foto con él. Esto lo tiene que saber toda la escuela —dijo una muchacha que salía de entre el montón de personas aglomeradas.
«¡La prueba!».
Sam se echó a correr en dirección a la salida. Salió de prisa del aeropuerto, cogió un taxi y le indicó la dirección al taxista. Miró su reloj, solo faltaban 20 minutos para la hora del examen.
«Desearía que le salieran alas al coche», pensó ella mientras veía por la ventana del coche. Las cosas pasaban con rapidez ante sus ojos, su mente divagó recordando aquel rostro perfecto, esos hermosos ojos y aquella voz…
El auto se detuvo.
—Llegamos —dijo el hombre, extendiendo su brazo hacia ella—. Son 70.
—¿Qué? Pero si ha sido una carrera corta.
—Pague —insistió el hombre, agitando la mano con violencia.
Samanta farfulló un par de improperios, pero al final le dio el dinero al hombre. No tenía tiempo para perderlo discutiendo con un timador.
Pagó y salió de un brinco del taxi, para comenzar a correr nuevamente. 
Los pasillos eran largos y había mucha gente caminando en todas direcciones. Sam no podía dejar de mirar el reloj y repetir mentalmente: «Maldición. Es muy tarde». Pudo divisar la puerta del salón que le habían asignado y vio que la persona encargada de la prueba apenas llegaba, sacó fuerzas de Dios sabe dónde y corrió con toda rapidez para poder alcanzar a entrar antes que la puerta se cerrara. 
Casi sin aliento, logró entrar.
Por fin Samanta pudo respirar con tranquilidad, al sentarse en la mesa que le indicaron. Un par de indicaciones más y la prueba dio inicio.
A pesar de que Samanta estaba avocada en responder todas y cada una de las preguntas, por momentos no podía evitar pensar en ese hombre, quien en segundos había pasado de ser un completo misterio a ser alguien aclamado por toda esa gente.
«¿Quién era», la preguntó reverberó en su cabeza.
Tuvo que obligar su mente a enfocarse en lo que era principal, la prueba.
Aunque le costó un poco concentrarse, lo logró y contestó el test en su totalidad.
Casi dos horas después, el examen había concluido. 
*****

Sonreía. Lo hacía por mera cortesía, pues si algo había aprendido en los últimos 6 años de su vida, era a lidiar con grandes multitudes. Aunque nunca había aprendido a fingir. Eso iba en contra de lo que era, así que ese día no iba a ser la excepción. Quería largarse, salir de allí, subirse al autobús y alejarse de todos esos destellos y sonidos de cámaras que lo fotografiaban.
Poco a poco se fue alejando de toda esa gente, a la vez que algunos hombres de seguridad, designados por la FIFA, trataban de escoltarlo al exterior del lugar. Dominik contestaba con un sí o con un no, pero de manera esquiva, a todas y cada una de las preguntas que resonaban, las cuales iban desde: ¿Cómo te preparas para el juego?, hasta ¿Esa chica era tu novia? Esta última pregunta lo hizo agitar la cabeza y fruncir el ceño. «La chica», pensó. Movió su cabeza a ambos lados, buscándola, pero no la encontró. Era como si se hubiese evaporado. Contestó fuerte y claro con un “no” y continuó con su camino.
Escapar de los reporteros, paparazzi y fanáticos, casi siempre lo dejaba agotado, pero por suerte, siempre había un grupo de guardaespaldas, guardias de seguridad o policías, dispuestos a velar por su integridad física.
Logró llegar al autobús, luego de casi 15 minutos de caminar, parar, dar algunos autógrafos, tomarse algunas fotos con sus fans y esquivar preguntas odiosas de reporteros deportivos. Últimamente se habían dado a la tarea de criticar su actitud en el terreno de juego, pues Dominik se había mostrado un poco rebelde a la hora de acatar las estrategias de su director técnico.
Un sujeto con el ceño fruncido y los brazos cruzados a nivel del pecho, lo fulminó con la mirada. Dominik no pudo evitar soltar una carcajada ante el predecible comportamiento de Friedrich, quien a pesar de ser su amigo, siempre se tomaba más en serio su rol de publicista.
—¡Vaya! Al fin te has dignado a unírtenos —soltó Treadaway.
—No me toques las narices, Friedrich —Dominik se mostró hostil ante el reproche
—¿Qué no te toque las narices? ¿Pero, qué coño te pasa? 
—¡Hey! Cálmense los dos —intervino Ewald.
—¡Dom! Estas de nuevo en la tele —comentó Ahren Degener, portero de la selección, con algo de sorna.
—Y en internet —agregó Theobold Bartram, el defensor central.
Dominik clavó su mirada en la pantalla de plasma de 21 pulgadas que estaba desplegada en lo alto del pasillo del bus. Al parecer, la noticia que estaban comentando no tenía nada que ver con su carrera, sino con algo de lo cual no le gustaba hablar, y mucho menos le gustaba que los demás lo hicieran.
—¿Quién es la chica? ¿Eh? —su compañero Edmund Brauer sonó un tanto burlón.
—¡Muñequita! —fue el comentario de Héctor Rodríguez, quien sostenía un iPad entre sus manos, con su típico acento, haciendo notoria su ascendencia costarricense, 
Dominik se acercó al Carrilero del equipo, le quitó el iPad y miró la pantalla del mismo.
—Te lo tenías bien guardado, Weigand —bromeó su compañero, Derek Neisser.
—Cuéntanos como le hiciste para tener una novia al otro lado del mundo y que ninguno de nosotros lo supiéramos —el chiste de Rodríguez lo hizo reír.
Eso era lo bonito de ser un equipo, y más, ser ese equipo, pues no se limitaban a ser compañeros de trabajo, sino que eran una familia. Cada uno era un individuo distinto, pero a la vez, eran parte de un organismo que se mantenía vivo gracias a la camaradería. A pesar de que Dominik era el “consentido” de Ewald, al menos eso decían los comentaristas deportivos, ninguno de los integrantes de la selección se sentía desplazado,  ni mucho menos se dejaba llevar por la envidia. No. Si uno de ellos estaba mal, todos lo apoyaban, si uno de ellos era atacado, todos lo defendían, además de que Dominik, aunque era poseedor de un carácter fuerte, era un cielo con sus amigos. Su peculiar personalidad lo hacía especial para sus compañeros, él era como ese hermano menor al cual todos querían cuidar. Era ilógico que vincularan a Dominik con una mujer que apenas conocía, pues ellos sabían a la perfección que Weigand no era de ese tipo. Es más, sabían que él tenía casi dos años sin mantener una relación estable con alguien, pues estaba muy abocado en lograr todo lo que se había propuesto antes de cumplir los 30.
—¿Quién es ella? —preguntó Friedrich al ver las imágenes en la pantalla, las cuales mostraban a Dominik charlando con una chica.
—No lo sé —Don se encogió de hombros—. Una chica que se atravesó en mi camino. Literalmente.
Friedrich entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.
»¡Oh por Dios! No estarás pensando que esas patrañas que dicen son verdad —Dominik se mostró indignado.
—Tal vez si te comportaras como un hombre de tu edad, dejaran de decir tantas cosas de ti —estalló Treadaway.
—Será mejor que cambies tu tono. Te recuerdo que el único hombre que tenía la potestad de decirme que hacer o que no, murió el 9 de agosto del año pasado. Tú trabajas para mí, no yo para ti. Tenlo claro —espetó Dominik. A veces no podía evitar ser cruel. No era porque fuese algo que planeara, simplemente era su forma de ser.
El silencio imperó en el bus.
Dominik se adentró en vehículo. No tenía ánimos de seguir discutiendo con su amigo. Sacó su iPod del bolsillo de su chaqueta y se sentó en el penúltimo puesto del bus. Tomó los auriculares y en cuanto iba a encender el dispositivo, notó algo extraño. El reproductor de música que tenía en la mano era por lo menos dos versiones más antiguas que el suyo, además que tenía un sticker de una caricatura de gato y algunas piedritas de swarovski adornando la carcasa de color violeta.
—¿Pero qué coño? —dijo entre dientes, a la vez que rebuscaba en el otro bolsillo de su chaqueta, en el cual si estaba su iPod. Miró de nuevo la espantosa cosa con brillo y se arriesgó a encenderlo. Aunque no era amante de ese tipo de música, supo enseguida de quienes se trataban, Il Divo. Definitivamente, ese no era el tipo de música que Dominik escucharía.
No pudo evitarlo, sonrió como idiota al recordar el incidente y al pensar en la sonrisa de… esa bella chica. 
«¿Qué? ¿Cómo?».
Sacudió su cabeza con fuerza. Se había prohibido sentir esas cosas, no mientras estuviera tan cerca de ganar la copa del mundo. Nada ni nadie podía distraerlo de su verdadero objetivo. Además, él tenía la plena convicción de que el corazón era un órgano o en todo caso, un musculo que servía para bombear sangre, no para sentir estupideces como el amor. Él estaba muy bien como estaba. Si alguna noche sentía el impulso de drenar un poco de testosterona, llamaba a una de sus tantas amigas. Así de fácil, sin embrollos emocionales ni mucho menos.
Guardó el aparatito de música ajeno y tomó el suyo. Se puso los auriculares, se recostó en la butaca y se dispuso a relajarse mientras Black Box Messiah de Diablo Swing Orchestra sonaba a tope.

*****

Samanta corrió hacia la puerta principal para abrirla, pues sino lo hacía, Carlos terminaría tumbándola. Eran casi las 6 de la tarde y ella preparaba la cena para ella y su hermana Teresa. Ahora debería poner otro lugar en la mesa, pues algo era seguro, a Carlos le encantaban los macarrones con queso que preparaba Sam.
—Pasa, pasa. De prisa. He dejado la cocina prendida y los macarrones ya están casi listos. Sabes que me gustan…
—Al dente —completó su amigo, a la vez que cerraba la puerta detrás de él—. Cuéntamelo todo. ¿Cómo te ha ido en la prueba?
—¡Genial! —contestó Sam desde la cocina—. Lo he contestado todo. Creo que me saco una buena calificación.
—Así que… ¿UCLA? —comentó Carlos y Samanta supo que había cierto dejo de burla en sus palabras.
—Sabes que es la opción más… realista.
—Claro, claro. Eso y el hecho de que hay algunos pobres plebeyos que deben resignarse a estudiar en una universidad que queda a más de mil millas de sus casas.
—Solo a ti se te ocurre aplicar para una universidad en Utah.
—Como sea. No he venido a hablar de mí, cuéntame. ¿Llegaste a tiempo?
—Sí. En la raya —dijo Sam, colocando un par de platos sobre la mesa—. Aunque me sucedió algo muy raro.
Carlos tomó asiento en el comedor, mirando a Sam que iba y venía de la cocina a la mesa, con vasos, platos y boles con comida.
—¿Ah sí? ¿Y qué será?
—Cuando iba saliendo del aeropuerto, me he tropezado con un tío de lo más raro.
—¿Cómo de raro?
—No sé cómo explicarlo. No le vi bien, pero en el momento en que nos pedíamos disculpas por ser tontos y no ver por dónde íbamos, aparecieron un montón de chicas y fotógrafos…
—¿Era una celebridad? —Carlos abrió los ojos con asombro, frenando su acción de agarrar un panecillo del centro de la mesa.
Samanta se encogió de hombros.
—¿Qué parte de no lo vi bien, no entendiste?
—¡Vale! No tienes que ser tan hostil.
—¿Sam? —se oyó una voz, proveniente de la puerta principal—. ¡Estoy en casa! —anunció Teresa, la hermana mayor de Samanta.
—¡Estamos acá, Tere! —indicó la hermana menor—. Ven. Acabo de servir la comida.
—¡Vaya que la tienes medida! —dijo Carlos con sorna.
Samanta rio por lo bajo, pues su amigo tenía razón. A las seis en punto llegaba su hermana. Durante el último año, ella había sido la encargada de preparar la cena. Teresa trabajaba todo el día como visitadora social y siempre llegaba agotada y hambrienta. Era lo mínimo que podía hacer por su hermana, quien era como una madre para ella.
—¡Oh! ¡Carlos! —saludó la recién llegada.
—¿Qué tal, Tere? ¿Cómo te ha ido en el trabajo? —indagó él con cortesía.
Teresa cerró los ojos con fuerza y resopló.
—Quisiera decir que bien, pero mentiría. Me ha tocado un caso de lo más triste. Un pequeño de 8 años. Su padre murió hace un mes, en una guerra de bandas y su madre es adicta a la heroína. He estado tentada en rellenar la solicitud de acogida.
—¿Y por qué no lo hiciste? —preguntó Sam—. Me agrada la idea de tener un hermanito.
—Yo podría dártelo —bromeó Carlos—, pero Teresa se niega a abrirme su corazón.
—¡Cállate, Carlos! Podrías ser mi hijo —lo reprendió Teresa.
—Pero no lo soy —refutó él y le guiñó un ojo.
—¿Samanta, cuando piensas darle la oportunidad a Carlos? —se mofó la hermana mayor—. Así dejaría de estar pretendiendo a mujeres mayores.
—Ustedes van a acabar conmigo —él agitó su dedo en gesto acusador—. Una porque no me quiere —miró a Samanta—, y la otra porque no se atreve a reconocer que está loca por mí —miró a Teresa.
—¡Oh por Dios! Me has descubierto. Tienes razón. No sé qué hacer con toda esta pasión que siento por ti —dijo Teresa con notoria bufonería.
Así era una típica velada en casa de las Andrade. Risas, bromas y anécdotas, mientras degustaban una rica comida.
*****

Salió el sol y un nuevo día comenzó. Sam se  levantó de la cama, se duchó, se alistó y desayunó algo para poder irse a trabajar. Por una extraña razón no había podido dejar de pensar en el extraño encuentro que había tenido el día anterior. Lo que no lograba entender era que sentía que ya había visto a ese sujeto en algún lado, pero no recordaba donde.
Llegó al aeropuerto y sonrió al revivir lo sucedido en su mente. Ese día prometía ser más movido que el anterior, pues al día siguiente comenzaría la tan esperada Copa del Mundo. Personas de todas partes de mundo iban y venían por todo el lugar.
Entró en la cafetería y se preparó para una larga jornada de trabajo. Ese día le tocaría doble turno, pues debía cubrir las horas del día anterior. Gordon era considerado, pero también era muy riguroso con el trabajo. Sería una mañana aburrida, pues su amigo llegaría después del mediodía. Tendría que lidiar con la clientela sin ver las muecas que le hacía Carlos desde el otro extremo de la barra, las cuales la ayudaban a liberar un poco el estrés.
Las primeras dos horas pasaron sin ningún sobresalto. Sam tocaba órdenes y servía cafés como toda una experta, aunque por momentos divagaba, pensando en los ojos azules de aquel desconocido.
«Que de seguro, nunca volveré a ver en la vida». Se dijo ella mentalmente, mientras arreglaba un par de vasos a un lado del mostrador.
—Hola. Buen día —se oyó una voz masculina.
—Lo atenderé en un momento —dijo Samanta, sin girarse.
—De acuerdo. Espero —contestó el hombre.
En ese momento Samanta sintió que su corazón daba un brinco. Había algo muy familiar en esa voz. Se giró lentamente para encontrarse con un hombre que miraba atentamente el menú en la pared, a través de unas gafas oscuras. Un caballero muy alto, con un suéter gris de capucha. 
Era él.
Samanta respiró profundo, tratando de disimular sus repentinos nervios. Carraspeó su garganta.
—¿Qué es lo que va a querer, caballero?
El hombre continuaba con la mirada fija en el menú.
»¿Algo frio o algo caliente? —insistió ella.
—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió él, sin mirarla. Estaba absorto mirando la pantalla de su móvil.
—Muy bien. ¿Señor? —indagó ella para que le dijera su nombre y así poder escribirlo en el vaso.
—Dominik —contestó—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, haciendo énfasis en cada letra. 
Samanta no pudo evitar sonreír. Por lo visto, el hombre era un tanto obstinado y eso le encantó. Se arriesgó a escribir un mensaje al lado del nombre, con la esperanza de que él lo viera y le entregó el pedido a su cliente.
El hombre pagó, tomó su vaso y dio un sorbo.
Samanta sintió que el corazón se le detenía al ver como él se retiraba sin tomarse la molestia de leer lo que ella había escrito, pero de repente su corazón volvió a latir. El hombre se detuvo y clavó su mirada en el vaso. Se giró de golpe y sonrió al verla.
*****

«Es una locura. Una completa locura». Dominik no podía dejar de pensar. Se suponía que en un par de horas debía estar en el entrenamiento, pero había decidido escaparse del hotel para ir al aeropuerto. No había podido dormir bien, pensando en esa chica. Esa sensación de necesidad no la había sentido por nadie y se vio obligado a reprenderse por tan tonto comportamiento. No obstante, no abandonó su intención de ir a buscarla. Tenía el presentimiento de que podría encontrarla allí. ¿Por qué? No lo sabía. Solo obedecía a sus instintos. 
«Podría haber estado de paso. Como yo», se volvió a cuestionar la descabellada idea que rondaba en su cabeza. «Solo la buscaré para entregarle su iPod y nada más», se dijo mentalmente, como si eso le fuera a ayudar a no sentirse tan estúpido por lo que estaba haciendo.
Las probabilidades de encontrarla en un sitio que era frecuentado por miles de personas a diario eran muy mínimas, pero allí estaba él, a bordo de un taxi, encaminado hacia el LAX de Los Ángeles.
Bajó del coche, sin perder tiempo y se adentró en la terminal número 3, donde se había topado con ella, el día anterior. Miró en todas direcciones y solo pudo observar cientos de personas caminando de un lado al otro y a pesar de llevar anteojos oscuros y una suéter de capucha, sufría de delirios de persecución y temía que Friedrich apareciera en cualquier momento dándole el sermón del siglo.
«Es una locura. Una completa locura». Repitió de nuevo en su mente.
La ansiedad comenzaba a hacer estragos en él. Necesitaba una dosis de azúcar o se desmayaría. Pudo ver en la distancia un Starbucks y suspiró de alivio. Podría tomarse un café, mientras pensaba en que iba a hacer para encontrar a esa chiquilla de lindos ojos.
Se acercó a la barra, dispuesto a ordenar algo cuando su móvil vibró. Al ver la pantalla vio que era un mensaje de Friedrich.
¿Dónde rayos andas metido?
Leyó y respondió en el acto.
Por allí. No vemos en un rato.
Metió el móvil en su chaqueta y miró el menú. Hacía mucho tiempo que no se tomaba un café en Starbucks así que no recordaba bien los nombres de las bebidas.
—Hola. Buen día —dijo.
—Lo atenderé en un momento —respondió una chica que arreglaba algunas cosas en un estante.
—De acuerdo. Espero —contestó Dominik. Eso le daría tiempo de pensar en que iba a pedir.
Necesitaba dulce, una buena dosis, pero también necesitaba algo que lo ayudara a activarse, pues había pasado mala noche, pensando en… ella.
Su móvil volvió a vibrar. Dominik puso los ojos en blanco, sabía que era Friedrich.
Estés donde estés, mueve tu trasero y tráelo hasta acá. Ewald me ha preguntado tres veces por ti. Tuve que mentirle para que no le diera un infarto. ¿Dónde estás?
¡Joder! Cuando Friedrich quería ser un incordio, lo era. Con letras mayúsculas.
—¿Qué es lo que va a querer, caballero? ¿Algo frio o algo caliente? —preguntó la dependienta.
—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió Dominik, sin apartar su mirada de su móvil. Estaba ideando una ácida respuesta para su publicista.
—Muy bien. ¿Señor? —indagó la chica que lo estaba atendiendo.
—Dominik —contestó él—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, antes de que la mujer se equivocara al escribirlo, pues siempre lo hacían y detestaba ver su nombre escrito como “Dominique”.
Creo que mañana comenzaré a entrevistar personas para el cargo de publicista. El que tengo ya comienza a hartarme. ¿Qué opinas?
Dominik presionó el botón de enviar y sonrió maquiavélicamente. A pesar de que la idea de mandar a volar a Friedrich era tentadora, no se imaginaba un día sin su amigo, pues mal que bien, Treadaway era su mano derecha en todo. No encontraría a alguien así tan fácilmente.
Pagó, recibió su café sin dejar de ver la pantalla de su móvil y tomó un sorbo de su bebida. Dio un par de pasos y miró el nombre escrito en el vaso. Sonrió con satisfacción al verlo correctamente escrito.
«Por fin, una trabajadora de Starbucks que escribe bien mi nombre», pensó y sonrió.
Se detuvo al darse cuenta que había algo más escrito.
¿Has tropezado con alguien, hoy? 
Leyó.
«¿Cómo?». Dominik frunció el ceño y se dio la vuelta, por inercia.
La reconoció. Era ella.

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jueves, 10 de marzo de 2016

Conociendo a C. H. Dugmor






Nacida en Mérida, Venezuela en el seno de una familia amante del arte, en el año 1988.

La devoción de su madre por la música y el amor de su padre hacia la escritura, la llevaron a recorrer un hermoso camino entre los dos ámbitos.

Docente de profesión. Cantante y escritora corazón.

Escribió su primera novela romántica a los 14 años, pero decidió dejar esa historia para sí misma y alimentarse de otros sueños.

10 años más tardes, retoma la escritura y se enamora perdidamente de ella.

Decide abrirse camino dentro del mundo literario, escribiendo diversas historias, siendo el romance, la fantasía y el suspenso sus temas predilectos a la hora de escribir.

No se considera como una escritora profesional, pues reconoce que todavía le queda mucho por aprender.


Amante de la música metal, las novelas de Dan Brown y Stephen King. Es una romántica empedernida que solo desea hacer soñar despiertos a sus lectores mientras se sumergen entre las líneas que surgen desde los profundo de su alma.




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